Texto de Frederick Prokosch del libro:
"Voces, Memorias"
EL ABISMO
Una mañana, mientras nos desayunábamos con tortitas a la sombra de la madreselva, en el jardín, mi padre dijo con tristes acentos:
—Nos vamos de Tejas. Iremos a vivir a Pennsylvania.
Lo dijo con su peculiar voz, dulce pero inexorable, que dio a la palabra «Tejas» cierto tono de desolación, en el que los cantos de los negros se alzaban por entre masas de musgo y en campos en los que las campánulas resplandecían con inocencia tan selvática como gigantesca.
Mi temor a Tejas y a los tejanos se había transformado en un amor enloquecido y agitado. Todos los días, al salir de la escuela, iba corriendo al remanso del río para contemplar los renacuajos que se retorcían y avanzaban en el agua arremolinada. La gloria de las mariposas con sus alas rojas y plateadas insinuaba una luminosa y sangrienta grandeza en los aires de Tejas. Los olores de Tejas retenían el aroma a roca, a caballo y a salamandra. Sentí una fría punzada de dolor al pensar que tenía que irme de Tejas.
Pero, entonces, la palabra «Pennsylvania» quedó envuelta en un oscuro y frondoso misterio, en el que el murmullo de grandes ríos susurraba en impenetrables bosques.
Rápidamente hicimos las maletas, tomamos el tren con destino a St. Louis, y llegamos por fin a una casita de madera en Bryn Mawr.
Los setos de Bryn Mawr eran más tranquilizantes que lo cactos de Austin, y el claustro de profesores de Bryn Mawr estaba formado por flacas y exigentes solteronas que habían leído La copa dorada, y que citaban a Mallarmé. Tuve conocimiento del espíritu de los años veinte en la biblioteca de Bryn Mawr. Las muchachas me dirigían suspicaces miradas, cuando yo estaba sentado en la biblioteca, con mis pantalones bombachos, leyendo La princesa Zoubaroff y A este lado del Paraíso. Devoré rápidamente La condesa tatuada y Lady into Fox, y leí con pasmo un relato titulado Muerte en Venecia. En este último libro percibí que las delicias intelectuales estaban rodeadas de oscuras sombras y siniestros presagios.

Un día, mi padre anunció:
—Thomas Mann vendrá a comer.
Pusimos rosas en un jarrón, añadimos tablas complementarias a la mesa del comedor, llegó el gran hombre, movió cabeza dando su aprobación y admiró el pavo. Vinieron también Katya Mann y los mellizos Klaus y Erika, así como tres eruditas señoritas de la Universidad, la señorita Donnelly, la señorita Bascom y la señorita Maddison. Todo se desarrolló muy apaciblemente, y la señorita Maddison dijo de repente:
—Puedes decir lo que quieras, querida Florence, pero insisto en que es un afeminado.
—¿Quién, querida? —preguntó la señorita Bascom.
—Marcel Proust —respondió la señorita Maddison.
—No le he leído —confesó la señorita Bascom—. Es deplorable, pero no le he leído.
—No lo hagas —se apresuró a decir la señorita Maddison—. Es tan lánguido como Maurice Maeterlinck. Pero, cuando leo a Maeterlinck veo una lucecita en el horizonte, en tanto que, cuando leo a Proust, me pierdo en la selva.
Yo escuchaba atentamente a estas eruditas señoras, con esperanza de adquirir, por un medio parecido al de la ósmosis, un más profundo conocimiento de las complejidades de la literatura. Su forma de hablar indicaba un conocimiento tal de las esencias poéticas que antes traía a la mente arrayanes iluminados por el sol que la penumbra de la selva.
La montaña mágica estaba a punto de ser publicada en Norteamérica. Comenzaban a circular rumores acerca de esta obra maestra, y las señoras de Bryn Mawr estaban divididas en dos facciones: la facción del «simbolismo filosófico», y la del «visualismo impresionista». Esto explicaba la excitación que experimentaban al hallarse en presencia de Thomas Mann, a quien mi padre había tratado en una ocasión, muchos años atrás, en Leipzig.
Mi hermana Gertrude, muchacha con aspecto de Diana y de cabello de color caoba, ya se había alistado al grupo de los simbolistas filosóficos. Estaba comenzando sus estudios en Bryn Mawr y escribía un ensayo sobre Emile Verhaeren. Pero yo prefería las novelas de F. Scott Fitzgerald, que eran de un talante que las alejaba tanto de los simbolistas como de los visualistas.
La señorita Bascom dijo:
—Ahora, se ha inventado algo que se llama la corriente de conciencia. Dime, Lucy, ¿qué es esa llamada corriente de conciencia?
Rápidamente, la señorita Donnelly explicó:
—Consiste en escribirlo todo. Quiero decir todo, más o menos, salvo lo impublicable. Es lo que hace Dorothy Richardson. También lo hace Virginia Woolf. Quiero decir todo, incluyendo el papel de las paredes, las abejas, la consternación. Todo aquello que te pasa por la cabeza cuando intentas echar unas cabezadas.
—¿Los mosquitos también? —preguntó, maliciosamente, la señorita Bascom.
Hábilmente, la señorita Donnelly esquivó la estocada:
—En lo tocante a los mosquitos no lo sé con absoluta certeza. De todas maneras esa clase de literatura me trae a la imaginación las pinceladas de los puntillistas.
La señorita Donnelly dirigió una significativa mirada a Thomas Mann, y añadió:
—Recordemos a Seurat, por ejemplo. ¡Hay todo un mundo de sugerencias en un solo rayo de sol!
—¡Vivimos una época maravillosa! —exclamó con entusiasmo la señorita Maddison—. ¡Rebosante de mentes brillantes y de descubrimientos pasmosos! ¿No opinas igual, Lucy?
Después de la comida, las tres eruditas señoras cruzaron el campo de hockey, y la familia de Thomas Mann paseó pensativa por el jardín. Mi madre acompañaba a Ketya, mi hermana iba con Klaus y Erika, y yo andaba, casi de puntillas, detrás de mi padre, que paseaba con Mann, junto a los rosales.
Mann, incluso visto de espaldas, estaba dotado de oscura y robleña grandeza. El cogote, las orejas, los hombros, irradiaban invencible solemnidad. Me di cuenta de que la espalda de Thomas Mann era invenciblemente solemne. Tomé la decisión de recordar con escrupulosa exactitud sus lentas y oscuras frases.
—Lo realmente malo es que Tolstói carecía de ironía,dijo Mann—. Es un milagro que llegara a escribir tan bien como lo hacía. En una novela la ironía es como la sal en una sopa de guisantes. Le da el aroma, los matices. Sin sal es insípida. —Después de una pausa, prosiguió—: Pero una cosa, es la ironía y otra distinta el humor. En Dickens hay humor pero no hay la ironía suficiente. Aquí y allá se advierte un rastro de ironía, pero pronto se hunde en el humor. Y conste que no hay nada malo en el humor. Incluso en Dante hay alguna que otra chispa de humor. Pero para elevar el humo, a la categoría de arte nadie como Aristófanes. O nuestro viejo y querido Wilhelm Busch. ¡La malicia realista y el destelle de lo absurdo!
—Bueno, pero hablemos de Aschenbach —dijo mi padre—. Es una creación muy misteriosa, ¿no cree? Me parece sumamente ambiciosa. ¿Debemos identificarnos con Aschenbach?
—Bueno, la verdad es que si tuviera que escribir de nuevo Muerte en Venecia, todo sería muy diferente. A fin de cuentas, y de una forma un tanto relativa, yo era todavía un principiante. Di a Aschenbach un tratamiento excesivamente ingenioso, en cuanto a símbolo. Es el mismísimo espíritu de artista indisolublemente unido a una enfermedad interior. El resultado final es de confusión, en vez de ser de iluminación. Algún día escribiré un libro sobre la enfermedad del artista y su fatal caída en la confusión. Incluso en Hölderlin y en Novalis, sí, incluso en Goethe se puede advertir esa brusca y loca inmersión en las miasmas del confusionismo.
—Nietzsche dijo que no debemos mirar con excesiva profundidad el abismo, no sea que el abismo nos mire a nosotros —dijo mi padre.
Thomas Mann oyó mis pasos y se volvió bruscamente. En su rostro vi una expresión de súbita y muy peculiar inquietud. Sus ojos agudamente observadores pero, al mismo tiempo, profundamente meditativos, tenían un inexplicable matiz de tristeza y desesperación. Había algo casi horrible en aquel rostro poderosamente tallado, expresivo de tenebrosos presentimientos, con profundas arrugas de ansiedad, dividido en dos por la lucha interior.
Permaneció unos instantes con las cejas fruncidas, y, luego, me miró con benevolencia, preguntándome:
—¿Y tú qué dices? ¿Tienes alguna afición?
Intimidado, respondí:
—Todavía no lo sé. Los libros, el tenis, cazar mariposas.
Thomas Mann parpadeó como si hubiera vislumbrado un rico acervo de ocultos significados, y dijo:
—Cazador de mariposas. Sí, comprendo. Muy adecuado.
Sus ojos brillaron con fiera intensidad eléctrica, como si intentara percibir una forma evanescente detrás de una cortina. Luego, sus labios se curvaron despacio formando una triste sonrisa, como si una visión muy deseada se hubiera transformado en vapor.
Se volvió hada mi padre y dijo:
—En cuanto a ese asunto de la ambigüedad, es como un espejo que refleja un espejo que a su vez refleja otro espejo. A partir de cierto momento, uno se marea. Pero la esencia es inconfundible. La obra de arte debe reflejar la ambigüedad del alma del artista, pero la ambigüedad en la obra de arte es muy diferente de la ambigüedad del artista, a pesar de que la ambigüedad de la una refleja la del otro.
Yo estaba fascinado, con la vista fija en la espalda de Thomas Mann.En el cielo comenzaban a brillar las estrellas, y la niebla cubría el campo de hockey. La cabeza de Thomas Mann se alzaba sobre sus hombros como una roca cubierta de musgo, y las palabras que pronunciabasurgían de su cráneo como la cornamentadel ciervo.
Cuando Thomas Mann se fue, acudí a mi dormitorio y escribí todo lo que había oído, y aquél fue el primer diálogo que hice constar fielmente en mis cuadernos de notas. Aquel pasajero vislumbre de un abismo en el mismo corazón de la grandeza, representó un punto decisivo en mis dubitativos avances de adolescente. Tuve la impresión de flotar en un ilimitado mar nocturno, como un muchachito a bordo de un velero.
Después de haber vislumbrado aquella secreta oscuridad en el corazón de Thomas Mann, comencé a pensar en mi viaje, que sería un viaje largo y azaroso. Un viaje a las grandes y antiguas ciudades del mundo, a puertos y a plazas, a palacios y barrios míseros. Un viaje en busca del artista en cuanto a héroe, en cuanto a enigma, a mártir, arevelación y, por fin, en cuanto a fragmento de la humanidad.
Frederick Prokosch

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