Pan
Knut Hamsun
por Ignacio Jiménez del Rey
“… porque pertenezco a los bosques y a la soledad.”
–De los papeles del Teniente Thomas Glahn-.
Pan es el título de uno de los primeros libros escritos por el novelista noruego, Knut Hamsun. Este escritor tuvo una vida larga, de casi 93 años, que dio para colmar y desarrollar original y maravillosamente la necesidad vital de escribir que sentía dentro de sí como un impulso irrefrenable; dio para adquirir un gran renombre e influencia en la literatura moderna de la primera mitad del siglo XX, ganando el Premio Nobel de Literatura en 1920 y llegando a ser considerado un maestro por escritores como Franz Kafka, Thomas Mann o Henry Miller; y dio también para, en los últimos años de su existencia, ser repudiado, calumniado y finalmente juzgado por haber apoyado públicamente al régimen de Adolf Hitler, así como la invasión de Noruega por tropas alemanas y la instauración de un gobierno nazi en su propio país. Se le declaró enfermo mental, fue condenado a ingresar temporalmente en un internado psiquiátrico y se le desposeyó de la mayor parte de sus bienes. Murió pobre y solo. Ninguna calle o plaza de Noruega lleva hoy en día su nombre. Jamás ha sido perdonado.
Podemos preguntarnos si hemos conocido algo de Knut Hamsun leyendo las líneas escritas más arriba. Algo de su vida. Es fácil quedarse sólo en la superficie de la información y establecer el análisis desde esos elementos ordinarios –porque son ordinarios, por inauditos que resulten- y responder que sí, que hemos conocido a Knut Hamsun. Pero conocer es tocar, contacto. Lo extraordinario subyace a la acción, la alimenta y le da sentido. Y si no vamos más allá de los hechos, no encontraremos respuesta a la pregunta que quisiéramos responder, que es: ¿por qué? Los escritores están en sus obras.
Penetremos entonces en su relación con lo creativo, con aquello que se ha manifestado de esa relación: libros maravillosos como Hambre o Pan. Toquemos su obra, adentrémonos en ella y quizás, de ese modo, se produzca en nosotros una comprensión más profunda, que no es sólo la de la vida de Hamsun y los acontecimientos que en esa vida acontecieron, sino una comprensión que se dirige y pertenece al mismísimo ser humano.
Pan es una de sus primeras obras, y sin duda respira la frescura propia de una creación inminente. A pesar de que el autor, según él mismo, se encontró con bloqueos en el proceso de escritura, propiciados por la dificultad de rodearse de una atmósfera que pudiera acompañar a la actividad creativa, el libro parece escrito a partir de un impulso original que no se apaga a lo largo de toda la obra, como una ola que comienza en un punto desconocido del océano y progresa y va tomando forma, modulándose a sí misma siguiendo una ley interna, viva, que rige desde lo esencial del impulso original, intensificándose a medida que se aproxima a la orilla, convergiendo hacia su inevitable final de espuma y cese del impulso, para regresar entonces a la fuente original, como todo lo creado, dejando tras su manifestación, además de la forma, un eco, una brisa, un rumor eterno en el tiempo, una vibración sutil, aquí, entre nosotros.
Abre uno el libro y se encuentra con una narración tranquila, serena, llevada a cabo por el protagonista de la historia, en primera persona. Se evoca un recuerdo de un tiempo pasado, aparentemente concluido, y la acción se traslada a ese pasado y comienza, adquiriendo poco a poco diferentes tonos, matices, conforme vamos conociendo al personaje y lo que le sucede y cómo se relaciona el personaje con ello. Se impregna enseguida la narración de una atmósfera propia de los países nórdicos, originalmente fantástica: soles que atardecen y amanecen rozando levemente el horizonte del mar, bosques vivos que uno puede escuchar respirar, lluvia que habla y acaricia a todas las hojas y flores de la montaña, tierra preñada de vida deseando brotar, niebla bailando el viento a través de los valles. Y de pronto, uno se da cuenta de que ha sucedido algo mágico: la narración y el personaje se funden en uno, junto con la acción que se desarrolla. A través de una fluidez asombrosa, de una espontaneidad pura, surge un ritmo, que se modula, intensamente avanza para llegar a una pausa, y vuelve de nuevo a acelerarse, con nuevos aspectos incorporados a su esencia. Los vacíos que atraviesa lo cargan de sentido y lo que parece una historia previsible se vuelve cada vez más imprevisible y sorpresiva.
Se nos cuentan unos hechos, por medio de unos papeles encontrados al teniente del ejército Glahn tras su desaparición, que suceden en un periodo breve de tiempo, apenas un año. Uno no sabe bien si se trata de una historia de amor, escrita desde el desamor; o más bien de lo contrario: una historia de desamor, escrita desde el amor. En esta historia, lo que parece, según se desenvuelven los acontecimientos, resulta que no es; y lo que no es, toma existencia y se hace presente. Como una sombra que deja espacio, al expandirse, a la luz que contiene.
Es Glahn uno de esos personajes excéntricos, solitarios, misteriosos, honestos con su esencia más íntima –y por eso quizás misteriosos- que aparecen en las novelas de Knut Hamsun. Todo lo vivimos a través de él, de su propia relación con el mundo y con los demás. Es un personaje de corazón, que carga consigo mismo, que lo intenta, todo el tiempo desde la honestidad de la que hablábamos antes y resulta así, un ser absolutamente lleno de dignidad, pese al excentricismo, la soledad y la no convencionalidad. Es puramente natural, como salido de las entrañas de la naturaleza misma, echado al mundo de los humanos, pero siempre regresante a su origen –ahí reside el conflicto- como una potencia dirigida hacia el corazón del bosque, del amanecer, del océano, del viento, de la noche. Está hecho de esos elementos, y se convierte de este modo en un ser mágico, porque su cuerpo, su ser, habla y se comunica con la naturaleza, siendo ella misma, y sin embargo está sujeto al sufrimiento que supone vagar por el mundo de los humanos y relacionarse con ellos y sus formas.
El libro toma el nombre de Pan, el semidios griego de los pastores y los cazadores. Representaba a la pasión y la potencia sexual masculina, a toda la naturaleza salvaje, y se le atribuía la capacidad de generar miedo enloquecedor –de ahí el origen de la palabra pánico-. En el libro esta figura mitológica se encarna en el teniente Glahn, siendo esta encarnación el origen del conflicto que Glahn ha de sobrellevar por vivir, inevitable e irremediablemente, dentro del orden creado por los seres humanos juntándose en sociedad. ¿Pertenece Glahn a este orden? No es Pan sólo una historia de amor, el sentido de la novela atraviesa esa historia y va más allá, arrastrando por cierto a la historia misma más allá de sus límites.
Pero lo mitológico en Pan no sólo aparece en Glahn. Un personaje como él, atravesado por el conflicto que le supone el vivir acorde a su naturaleza salvaje dentro de un mundo ordenado, necesita crear un mundo onírico, y a seres dentro de él, en donde puede sentir la pertenencia natural y no necesita explicarse a sí mismo, sino simplemente ser. Este mundo es dentro del mito, otro mito, un espacio fantástico. Lo habita esencialmente Iselin, la mujer de la que todos los hombres se enamoran, que ama y corresponde a todos, y es por tanto el goce y el dolor de todos. Glahn encuentra en Iselin, dentro de este plano fantástico, el aspecto femenino de lo que él mismo encarna.
De este modo, convergen en la novela tres planos: el mundo ordinario, el mundo mágico y natural de Glahn, y el mundo onírico que éste crea. Esta convergencia, como los tres hilos de una trenza, va desenvolviéndose, progresando, creando un ritmo narrativo que abraza formalmente a todo: a la acción, a los personajes, al espacio, al tiempo. Uno se encuentra leyendo una maravillosa sinfonía en que los instrumentos ya se han fundido en uno sólo, multidimensional, y ese único instrumento es todos simultáneamente. El propio autor declaró sobre su obra: “cada capítulo es un poema”. Y así es.
Podemos terminar hablando del epílogo de la novela. Esta parte de la obra fue publicada separadamente de la historia principal un año después, en una revista literaria, como un relato breve. Desde el momento de su aparición, generó una gran controversia, puesto que el estilo narrativo era completamente diferente –aunque esto está justificado por el hecho de que es otro narrador el que nos cuenta los hechos- y debatían los críticos si el epílogo realmente completaba la obra, si era necesario, o si no se trataba más bien de un añadido superfluo. Desde luego, el autor no lo consideraba superfluo, y seguramente fuera así porque, como hemos comentado antes, Pan no es sólo la historia que los hechos cuentan, sino la historia de un conflicto y de una acción que subyacen a estos hechos, la historia de un sentido más profundo que anima a estos hechos, y el epílogo supone de este modo el verdadero desenlace del conflicto. Termina el conflicto para Glahn, y uno queda en silencio, asombrado, con una impresión profunda, con la sensación de haber conocido algo de la vida humana, quizás una metáfora, quizás no, y se pregunta… ¿cuántos Glahn hay en el mundo? ¿Conseguirán resolver el enfrentamiento con la realidad? Y uno tiene la sensación de que lo que hacen, no lo hacen sólo por ellos, sino por todos los seres humanos. Porque en verdad no es sólo su conflicto, aunque sean ellos los que, en soledad, se encarguen de sobrellevarlo.
Ignacio Jiménez del Rey
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"Rostros" ~ Dibujo de Nuria Fernández
Sam Savage
-Uno de los Grandes-
por Juan Carlos Chirinos
Como en las minas que esconden los tesoros de la tierra, hay ocasiones en que se nos concede el privilegio de tropezarnos con una veta deslumbrante, con una joya de la que nadie nos había dado noticia ni aviso; en esos momentos hay que poner serena atención y afinar la vista para disfrutar al máximo el premio que nos acaba de caer en gracia. En estos días aciagos y ahítos de libros malos, engañosos, construidos, tramposos y ávidos de la efímera fama, toparse con una verdadera novela y con un verdadero escritor resulta de una suerte extraordinaria: una suerte que hay que compartir antes de que la diosa del mercado coloque sus manos sobre ella y la convierta en pequeños muñecos de plástico que acompañen como regalo a una hamburguesa o a la edición dominical de algún periódico.
Deambulaba por la Casa del Libro de la Gran Vía madrileña, un poco aburrido de ver los mismos títulos con diferente portada, y títulos que te prometen una cosa y llevan otra, y novelas largas y aburridas, y novelas que no quiero leer, y novelas que quizá no sepa leer, y... tantas opciones como da Ítalo Calvino en su pomposa (¿o aburrida?) Si una noche de invierno un viajero, cuando el dibujo a lápiz de una rata llamó mi atención: era la portada de Firmin, de Sam Savage, que acaba de ser publicada aquí en España por Seix Barral y que ya ha cosechado abundantes y justísimos lectores en Estados Unidos a pesar de que la pequeña Coffee House Press, de Minneapolis, no tiene los mecanismos mediáticos para lanzar a su autor como si de un Paul Auster o una Zadie Smith se tratara. La edición española, traducida a veces de manera curiosa y siempre con útiles notas, por Ramón Buenaventura, viene avalada en su contraportada por (lo supongo) el entusiasmo de escritores como Rosa Montero y Rodrigo Fresán, porque confieso que no quise leer lo que dicen: la portada me gustó tanto (¡ay, editores, cuán fundamental es un libro bonito!) que me dirigí directo a la voz del autor; y, luego de pasar por un maravilloso epígrafe de Chuang Tzu, quedé atrapado por el universo que Savage abre en el primer fragmento de su novela: el mundo donde las siguientes doscientas páginas vivirá Firmin, ese ávido lector que no quiere verse a sí mismo más que como un ser sensible al que le ha tocado por casualidad el envoltorio equivocado. Tan consciente está de que su situación vital ha sido un error, que se niega a mirarse en los espejos, porque también estos lo engañan: «Cada vez que captaba una visión de mí mismo en una superficie así, me quedaba instantáneamente horrorizado, como si hubiera visto un monstruo. Claro está que en seguida me daba cuenta de que el monstruo era yo, y solamente yo, otra vez, y no tengo palabras para describir la pena que aquello me causaba. De modo que se me ocurrió un pequeño truco mental: cuando esto sucedía, en lugar de decir “soy yo” y estallar en sollozos, decía “es él” y salía corriendo». Y así transcurre su vida: negándose y tratando de hacer comprender a los demás que él es más de lo que a simple vista se ve, tratando de que el mundo no lo aplaste con el juicio que de cada uno de nosotros se hace: este es blanco pero sucio, aquel es feo pero inteligente, el de más allá es pobre de solemnidad y sin duda esta de aquí será exitosa pero corrupta; aquel no tiene fuerzas ni ganas, las tetas de esa la llevarán lejos pero sufrirá; en cambio, esta es buena, inteligente y además bonita; aquella tiene razón: yo no soy capaz de llegar a hacer lo que digo.
Y, entre tanto, Firmin lee y lee con voracidad de depredador, consume letras, traga palabras e ideas y va dándole forma al universo, siempre solo, sin la posibilidad de compartir ni contrastar con nadie lo que los libros le dicen de él mismo y sin recordar aquello que dijo Proust, otro solitario: «cada lector, cuando lee, sólo se lee a sí mismo». Por no querer mirarse en los espejos, se condena a escrutarse en los más crueles de los reflejos: los que las palabras escritas lanzan sobre nosotros. La librería donde Firmin vive es su retrato y su tumba y su vida y su planeta: pero nunca será él. El «conócete a ti mismo» que tanto perturbó a Sócrates se convierte para Firmin en el más arduo y lejano de los talismanes.
Esta es una novela que recomiendo con enloquecido entusiasmo. Cuando me la topé en la librería, tuve el mismo presentimiento que me sobrevino cuando comencé a leer los libros de John Fante: algo enorme aterrizaba en mis manos. El sureño Sam Savage, una especie de Valle-Inclán gringo, filósofo de Yale, carpintero, tipógrafo y huido hacia la fría Madison, ha afilado su primera novela con las palabras sabias que dan los años y la belleza que se trae consigo al nacer. No dejen de leerla, por favor; pocas veces podemos sostener entre nuestras manos las palabras de uno de los Grandes. He’s a Big One, diría Firmin del autor de sus días. Sin duda, amigo.
Juan Carlos Chirinos
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Aaron Thomas
por Nuria Fernández

Esta página está dedicada a descubrir la literatura con el impacto de la primera vez, cualquier tipo de descubrimiento que nos haya tocado en lo más profundo o en algún punto neurálgico importante o periférico, es decir: imaginativo, fantástico, sensitivo, realista, mágico, lúdico, tremendamente superficial, entrañable o metafísico, de cualquiera de las maneras posibles y en todas direcciones. A lo que supone el viaje, la aventura de descubrir nuevas tierras, o las mismas pasadas por el fuego de la transformación. Y es que la creación supone adentrarse al igual que en la vida, en el viaje, en la aventura hacia uno mismo. Y si además se realiza con gracia, salud para el que viaja.
Pues bien, esta vez, en esta página vamos a ceder el espacio a un músico grande: Aaron Thomas. Y al igual que diríamos si habláramos de libros..., que estos descubrimientos tienen que ver con algo latente y potente más allá de los géneros literarios, aunque rebosen algo de los mismos o hayan nacido bajo las formas y faldas de un género o de una situación, de una corriente, lo mismo vale decir para la música. Podemos hablar de corrientes indie, punk, folk, rock, pop, pero sobretodo podemos hablar de creadores, de aquellas personas que asimilando todo aquello por lo que magnéticamente han sido atraídos, consiguen recrear y crear su propio mundo.
Hablaremos hoy de un cantautor con un estilo muy propio, con belleza descarada y tímida a la vez, con una hermosa calidez.
Una de las cosas que a mí más me han gustado aparte de su intensidad emotiva y directa, es la atmósfera que recrea, como en una narración, sobre todo en el segundo disco “Made Of Wood”. He vuelto a llevarme una sorpresa muy grata, ya que me gustó tanto el primer disco, que no sabía…, vamos, que luego, si te gusta, no paras de escucharlo.
Le descubrí una noche de esas que no tienes ganas de estar en ningún lugar, tan solo suspendida, sin líneas de tensión y sin líneas de relajación, sólo flotando y sin nombre o por el contrario, esperando un advenimiento que fuera afín a mi sensación desde algún lugar remoto, un eco preciso. Puse la tele en los conciertos que radio tres retransmite, casi sin darme cuenta. Y sin ni siquiera abrir los ojos, tumbada en el sofá, dejándome llevar, me encontré sorprendida dentro de una voz increíblemente hipnótica, envolvente, pero no sólo eso, alguien me contaba algo. Abrí los ojos, precisamente por dejarme llevar por esa onda, tardé tiempo en valorar lo que estaba escuchando, porque no hizo falta, porque me cogió por sorpresa, y fue un maravilloso regalo. Desde entonces su música me acompaña. Tocaban canciones dando a conocer su disco: "Follow The Elephant".
No se ha conformado con la intensidad que tuvo su anterior disco “Follow The Elephants”. Más bien y lejos de esta conformidad, Aaron ha crecido .Su segundo disco "Made Of Wood" ha sido grabado entre Madrid y Reykjavik con Valgeir Sigurdsson (Björk, Bonnie Prince Billy, Camille) . Refleja el espiritu nomada de un compositor que se crió en Australia pero que creció musicalmente en muchos otros lugares.
Sobre él decir, que su manera de cantar está viva, muy viva, su voz seduce instantáneamente, sopla entre las capas de tu piel con agilidad, pero también te mueve la energía, orgánicamente, sólo hace falta escucharlo, dejar que pase a ti, como un animal que viniera del fondo del silencio y del fondo de cualquier historia, con vibración y presencia.
A pesar de que no puedo sacar el espadachín de entendida musical porque no lo soy, no me hace falta, ya que precisamente la música es eso, llega directa, instintivamente es recogida con todo lo que conlleva. Y a Aaron Thomas sólo hace falta escucharle para darse cuenta. Sí puedo decir que es directo y envolvente a la vez, increíblemente emocionante e intenso y tiene muchos contrastes, esto se siente sobre todo en directo, es de agradecer, ese lugar desde el que lo hace acontecer, porque nace espontáneo y personal y esto está claro, es como alguien diría: "una bestia parda", y es emocionante no sólo escuchar sus discos, sino escucharle en directo. Por fin he podido hacerlo y ha sido todo un lujo, te quedas con más ganas.
El concierto fue en un pequeño local de Madrid, el "Buho Real". Cuando llegamos mi hermano y yo, estaban haciendo pruebas de sonido y había llegado muy poca gente. Después y cuando ya nos habíamos reunido un pequeño grupo de personas, empezó el concierto. Un concierto íntimo, como pueden hacerlo especialmente los grandes, en cualquier lugar o situación, aunque me hubiera gustado que también estuviera su banda. Allí..., apoyado con su guitarra y junto a su compañera -de voz y rostro muy especial-, y de la manera más sencilla que podáis imaginar, sin artificios, tan sólo con el apoyo de su propia corriente y en increíble equilibrio entre contención y expansión y con pausas para beber en compañía de todos los que estábamos. Rítmico y potente, melodioso y sensible, su voz me suena a montaña, a roca viva, a atmósferas urbanas y a sueños y a infinidad de historias posibles por venir.
Nuria Fernández

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