
"Sueño Rojo" ~ Ilustración de Nuria Fernández
CUADERNO DE CREADORES MONELLE
Este cuaderno de verano está dedicado a textos representativos
de alumnos de Arteduna, Escuela de Creación
Verano 2010
La Súplica Inés Gimeno Alvargonzález
La matriz oculta Pablo Ramos Llorente
Un lugar en la vida Mª del Pilar de la Vega Gallego
¿Qué diablos hará ahí dentro? de José Manuel Nistal Coello
Curiosidad de Paloma Ríos García
Una nota de Esther Pelayo Fernández
Mi estrella de Águeda Iglesias Salas

"Selva" - Ilustración de Nuria Fernández
LA SÚPLICA
Inés Gimeno Alvargonzález
El castigo fue la invisibilidad. Me metieron en una celda. Dos policías me acompañaron a la sala para marcar mi frente con el signo, con el sello de la invisibilidad. La pena sería de un año, un año de incomunicación, de soledad absoluta. Me acompañaron a mi casa, un cuarto, un baño y una cocina en una pensión vieja, cutre, sucia y abandonada. Ni tan si quiera un adiós. Se fueron sin mirar, cerrando la puerta tras de sí. Fui al espejo y vi en mi frente una marca oscura, en el centro, un tercer ojo que me hacía invisible a los ojos de los demás ciudadanos. Salí a la calle. La gente con la que me iba cruzando se abría camino ignorándome. Me dirigí al bar de siempre, a comer el menú del día por diez euros, incluido el café. Ya en la barra esperé a ser atendido. Nadie se acercaba. Juan no miraba hacia aquel lado de la barra y Luisa hizo como si no me hubiera visto. Al principio pedí con calma, mucha clama, que me atendieran. Nada. Nadie parecía escucharme. Poco a poco fui elevando la voz, exigiendo que tomaran nota de lo que quería. Me levanté, puse mi pecho sobre la barra y a un milímetro de Juan, casi rozándole la nariz con mi boca, le grite, le grite que podía verme, que esa mancha era tan solo eso, una mancha. Yo sabía que podían verme, oírme, que las leyes no permitían hablar con los invisibles, pero solo pedía mi ración de comida, tenía derecho a comer. Nada dio resultado. Tuve que salir del bar, habiendo incomodado a todos los clientes del bar, avergonzado, echo una furia, pero me fui después de haberme disculpado ante Luisa, ante Juan, ante el mundo entero. Vague por las calles, caminé desesperado hasta muy enterada la noche. El silencio me estaba matando. Tan sólo había pasado un día. Así fueron pasando mis días, solo, completamente incomunicado, alejado de la civilización, de la sociedad, de las palabras, de los abrazos, de la gente. Invisible, invisible para todos. Entré en una tienda a por una botella de Ron. Nadie quiso cobrarme, me ignoraban. Dejé la moneda encima de la caja registradora y me fui a un banco del parque a beber, a seguir en mi no existencia. Me emborraché, solo, me bebí la botella entera. Quise coger un taxi, me encontraba muy mal, mareado. Conseguí que parara un taxista, me tapé la frente y le pregunté si podía acercarme a la Calle Arenal. Cuando ví que asentía, abrí la puerta con la misma mano con la que me había tapado el sello de mi invisibilidad y acto seguido el taxista me saco a patadas del coche insultándome. Las cámaras se iban acercando a mi, con aquel pitido de alerta, aquellas pequeñas bolas voladoras que invadían el cielo de la ciudad, persiguiendo, controlando a la gente día y noche. Fui cojeando por la calle, me dolía la pierna, me debí hacer daño al caer del taxi. Llegué a casa, llegué sin saber cómo ni por qué. Habían pasado dos meses. Mi cuarto parecía una pocilga. La invisibilidad terminaría por volverme loco, no lograría llegar a cumplir mi pena. Salí a la calle, como todos los días, para ver, para escuchar a la gente, para oírles, simplemente notar su presencia, su existencia. De repente, mirando un escaparate pude ver a una preciosidad de chica, a una chica pelirroja, de ojos verdosos y también, como yo, con un tercer ojo en la frente. Sé que me vio, lo sé. La vi alejarse y corrí, corrí sin sentir el dolor de la pierna, corrí como nunca lo había hecho hasta conseguir tenerla de frente, cara a cara. Ella me esquivaba, quería pasar, y yo reía, reía de felicidad, reía de alegría, y no podía más que decirle “no eres invisible” yo te veo, te veo, no eres invisible, eres preciosa. Ella no quería mirarme, tenía que ignorarme como todos ellos. No podía dejarla escapar, necesitaba, necesitaba que me viera, que me hablase, que me dijera que existía, que estaba allí, que era real, que me podía tocar, escuchar, ver, cualquier cosa! Busque sus ojos de nuevo, me acerqué todo lo que pude y le rogué, le supliqué con mis ojos inundados en lágrimas que sólo me dijera que me veía, tan solo eso, por favor, dime que existo, que estoy aquí, que me ves, que no soy invisible! Mis piernas se doblaron, caí al suelo llorando, desesperado. Sobre mi espalda, una mano, una caricia, un brazo que me ayudaba a levantarme. Me incorporé y la abracé, me quedé entre sus brazos suplicando, llorando, rogándole que me hablara. Existes, me dijo, existes, yo te veo. Y eso, tan solo eso basto. Las cámaras, las bolas voladoras de seguridad se acercaban, daban la alarma, nos empezaban a rodear, y nosotros seguimos abrazos, invisibles para todos los demás.
Inés Gimeno Alvargonzález
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La matriz oculta
Pablo Ramos Llorente
Lo primero que me planteo cuando miro por la ventana de mi casa, es que lo que veo, lo que escucho y lo que siento, no abarca toda la realidad que se despliega delante de mis sentidos e inunda con tenues colores los azulejos de mi cocina.
En este momento, apoyado en el marco de la ventana, y con el abrigo puesto, estoy seguro que los sucesos que captan mis sentidos y que mi mente registra, no cubren todo el espectro de las cosas que llegan hasta mi ventana… hay hechos cuya luz no se refleja en mi dirección y cuyo destello se escapa al rápido parpadeo de mis ojos, pero hay otras notas que no escuchamos, y que componen una sinfonía magnífica que no sabemos definir, una matriz oculta en el alquitrán sobre el que reposa una orquídea.
El cielo es azul oscuro, azul sin temor del día, azul sin una huella de la rueda de los animales. La luz de la Gran Vía borra el camino de las doce eras del hombre, como el fósforo que consume el oxígeno a su alrededor. ¿Dónde está Aries? El carnero con el que viajaron Frixio y Hele, cuando salieron de su país natal para llegar a la Cólquide. ¿Y Tauro? La bestia mítica que habitaba en Creta. Los dioses del firmamento son sustituidos por los anuncios luminosos que cubren las fachadas de los edificios, es la ciencia al servicio del mercado.
Ajeno a estas vicisitudes, mi vecino pasa las últimas horas del día delante de su televisor y hechizado por el canto de las sirenas sucumbe al pecado de la pereza. El sonido de otra sirena, me aleja de aquel dormitorio y sitúa mi atención en la melodía que componen los sonidos de mi barrio… la sirena de una ambulancia, el tic-tac del reloj de mi cocina, el motor de un coche, el sonidos de las ramas mecidas por el viento, unas persianas que se cierran… me llevan de vuelta al baile de mis pensamientos.
¿Qué dice la noche?
Oigo rumores llenos de misterio, recogidos de los sueños, y extraños a las palabras que conozco. El vocabulario de la noche es la luz encendida de la ventana de un hotel, todo aquello que no nos deja dormir, el zumbido de una estrella que no escuchamos, la luna fábula de fuentes, la posada que acoge a los peregrinos.
Somos arrieros en una tierra extranjera. Paralizados por el pasado, las expectativas, las dudas, las incertidumbres, las noches de oscuridad espesa. Cuando se agotan todas las veredas, buscamos una nueva mirada, nuevos ojos que nos eleven por encima de nuestra ignorancia para descubrir rincones ocultos donde se esconden palabras doradas dirigidas exactamente a nuestra condición, como si la naturaleza nos hiciera dignos de todos sus secretos.
¿Serás sólo un lector?
Sigue tu camino, la verdad a la que prestan resistencia tus oídos, porque es justo que el hombre reconstruya su verdadera condición.
Toda música no es sino lo que despierta en ti cuando los instrumentos te lo recuerdan.
Pablo Ramos Llorente
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Un lugar en la vida
Mª del Pilar de la Vega Gallego

"Arco-iris" ~ Pintura de Nuria Fernández
Solamente tenía diecisiete años y estaba aún sin saber en qué mundo ubicarme. ¿Dónde estaba mi lugar en esta vida? Pensaba que tenía que estudiar una carrera pero no estaba segura de cuál y además el nivel de exigencia conmigo misma era muy alto. Tenía que serlo el todo o la nada. No me valían las medias tintas. Me quedé bloqueada por mi inseguridad, miedo y desconfianza ante el mundo y me encerré en mi habitación. Días tras días allí permanecía. No hacía nada de utilidad. Salvo dormir hasta levantarme tarde. Comer si tenía ganas y el resto del tiempo pensando y llorando por sentirme fracasada. Un ser que le daba miedo enfrentarse a la vida. Porque la veía como un océano inmenso en donde no iba a saber salir a flote. Así pase años de mi vida encerrada en mi mundo. Un mundo gris, triste, aislado, incomunicado. Como en un pozo oscuro y frío sin salida. Envuelta en una nube en donde siempre descargaba una fuerte tormenta de lágrimas con ella. Así fui yo y así viví yo. Pero tenía apoyos, no estaba sola. Mi familia me arropaba. Querían tenderme su mano para ayudarme a salir de aquel mundo abismal. Un mundo sin sentido alguno. Me estaba perdiendo a mí misma y estaba perdiendo a los que más quería y más me querían conmigo. Arrastrándoles a mi turbio e incomprendido mundo que yo misma me había creado. Recibí ayuda psicológica. Un carácter muy exigente, persona fuerte pero con demasiado miedo. Una persona que no daba el paso adelante. Antes de fracasar, prefería no intentarlo. Era humillante e indignante si no podía conseguir los objetivos marcados. Un día me recomendaron a un doctor de la edad de mi padre, muy cariñoso y cercano y supe abrirme a él. Explicarle, reconocerle mis defectos. Él quiso ayudarme. Se volcó conmigo y gracias a ello, ahora puedo escribir en este magnífico taller de Arteduna. Me lleva cuatro años dando su apoyo. Le visito a menudo. Nos llamamos por teléfono. Es como un ángel que me ha devuelto a la vida. Es mi gran bastón en donde puedo sostener mis llantos y lamentos. Me da la seguridad y energía que necesito. Me transmite un mundo donde merece la pena intentarlo. Quien no arriesga no gana. Al menos sabré que lo he intentado. Ese es mi lema ahora. Y en ese mundo vivo ahora. Un mundo real. Dejando a un lado los fantasmas. Un mundo donde me relaciona con la gente. Madrugo sin esfuerzo alguno, hago mis tareas rutinarias, desde temprano hasta el anochecer sin descanso. No hay tiempo que perder. Ni un segundo más. Mi vida ahora tiene ritmo, sentido, galopa a gran velocidad como un jinete montado en un pura sangre. Tengo objetivos por lo que luchar. Tengo gente con la que puedo contar y en quien confiar y que confían en mí. No importan los obstáculos en el camino. No hay barreras infranqueables. Lo mejor está por venir. Ahora tengo un lugar en la vida.
Mª del Pilar de la Vega Gallego
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Relato de una obsesión
José Manuel Nistal Coello
¿Qué diablos hará ahí dentro? No me negará usted que es de lo más extraño. Lleva ya unos meses viviendo aquí, pero nadie ha intercambiado más de dos palabras con él. Apenas sale de su apartamento y cuando lo hace, siempre lleva esas pesadas cajas de las que salen marañas de cables. Nunca saluda al pasar, nunca mira directamente a la cara. Es tan huidizo… Es como si estuviera ocultando algo, ¿no cree?
¿Cuántos años dirá usted que tiene? Podría tener 30 o 40… tal vez incluso 50. Como siempre lleva ese aspecto descuidado, con esa barba y el pelo largo echado hacia delante, es difícil saberlo. Es un hombre extraño. Extraño y descuidado. ¿Qué me dice del extraño olor que sale de su apartamento últimamente? ¿Lo ha notado? Es como disolvente o alguna sustancia química… Sabe Dios qué hace ahí dentro ese hombre.
Y no tiene amigos. Se lo digo yo, que vivo en frente. No ha recibido ni una sola visita desde que vino a vivir aquí. Sin embargo, su buzón siempre está lleno de cartas, ¿se ha fijado? Y esos paquetes que le llegan cada semana… Mire, mire, tiene otra vez un montón de cajas amontonadas en la puerta de su apartamento. Una vez fui yo misma a apartarlas de allí, no por nada, sólo porque resultan muy molestas para el resto de los vecinos, y ¿se imagina lo que vi? Pues verá usted, como remitente sólo figuraba un apartado de correos en Guipúzcoa.
Y es que creo que es vasco, ¿sabe? El portero me dijo que una vez le escuchó hablando por teléfono y cree que estaba hablando en vasco. Eso encajaría con toda la historia de los envíos desde Guipúzcoa. ¡Sabe Dios qué contienen esas cajas! Y el olor… ese olor es tan sospechoso… No intento ponerle nervioso ni nada por el estilo, es sólo que creo que es mejor estar alerta. Nunca se sabe lo que puede pasar, no sé si entiende lo que quiero decir…
Mire, me voy a sincerar con usted: yo creo que ese hombre hace algo muy raro ahí dentro. Tiene la luz encendida durante toda la noche, cada noche desde que llegó. Y siempre está ahí dentro trabajando en algo. Anda de aquí para allá, mueve trastos pesados, golpea algo con un martillo… Y luego está el tema del taladro, claro. Una noche, hace dos semanas, estaba utilizando el taladro eléctrico a las tres de la mañana. ¿Se lo puede creer? ¡A las tres de la mañana! Salí de mi casa y llamé a su puerta para decirle que nos dejara dormir, que todos tenemos derecho a dormir. Y al llamar, apagó primero el taladro y luego la luz. Se asustó, claro. Como se asusta el que está haciendo algo indebido. Y no me abrió la puerta ni contestó. Ese hombre es un indeseable, créame. Pero le tengo vigilado.
Mire, por ahí viene. Guarde silencio, no vaya a oírnos.
Lleva más cajas, ¿ha visto usted? Con esos cables saliendo por fuera… ¿Qué diablos hará ahí dentro? Creo que tenemos derecho a saberlo, ¿no está usted de acuerdo? Sí, tenemos derecho a saberlo.
Tenemos todo el derecho.
José Manuel Nistal Coello
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Curiosidad
Paloma Ríos García
Todas las mañanas, muy temprano, al ir al trabajo, pasaba al lado de aquel coche viejo con los cristales cubiertos por trapos y cartones.
Casi siempre lo miraba con curiosidad, pensando si habría alguien dentro. Enseguida me olvidaba de él.
Pasaban los días y, de tanto verlo, empecé a notar los pequeños cambios que se producían en el papel o en la tela de los cristales. Así que hay alguien, pensé.
Desde entonces empecé a fijarme a diario en él.
Y el interés por las modificaciones de cara al exterior se fue tornando en un querer saber lo que pasaba dentro del coche viejo.
La primera mañana vi moverse un trapo. Se movió levemente, como si desde dentro una mano hubiera corrido una cortina, muy poco. Lo justo para ver el exterior. ¿Lo justo para verme a mí?
Transcurrieron varios días sin nuevos cambios. Nada se movió.
El quinto día (el quinto, sí, lo recuerdo bien), el trapo de la ventanilla trasera se corrió de golpe cuando pasé. No me dio tiempo a ver nada.
Empecé a pensar algún rato, por las tardes, en el coche viejo. A veces soñaba con él.
Me inquietaba sobre todo la idea de sentirme observada por las mañanas; ahora estaba segura de que alguien me seguía con la vista durante un tramo de mi camino al trabajo.
Quería saber si era hombre o mujer quien vivía allí. Porque viviría allí ¿no?
Y quería saber si era viejo o joven. Y por qué estaba en el coche con cortinas de trapos y cartones.
Día a día tardaba más en olvidarme después de ver moverse la cortina.
Aquella tarde no tenía nada que hacer, y no dejaba de acordarme del coche viejo y de hacer suposiciones sobre su inquilino.
Hacía viento y frío. Me puse la gabardina. Parecía que iba a llover.
Cogí el autobús e hice el recorrido que repetía todas las mañanas, esta vez sin prisa.
Cuando llegué a la altura del coche viejo me sorprendió ver los cristales descubiertos.
Me acerqué despacio, esperando ver aparecer alguien de su interior, aunque desde fuera pareciera vacío.
Me incliné sobre una ventanilla.
La puerta se abrió de golpe y una mano tiró de mí hacia adentro.
Casi no pude verle la cara. Sólo distinguí que era morena. La mano, muy estropeada, parecía de mujer.
No sé todavía cómo, me despojó de la gabardina, cubrió deprisa las ventanas con trapos y papeles y salió. Intenté abrir la puerta, ir tras ella.
Fue inútil. Cerradas por fuera.
Descorrí un poco un trapo y la vi ponerse mi gabardina y deshacer el camino.
Llevaba colgado mi bolso.
Iba hacia mi casa.
Paloma Ríos García

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Una nota
Esther Pelayo Fernández
- ¿Estarías dispuesta a matar por algo? -preguntó él.
- No... creo que no -repondió ella- ¿Y tú?
- Yo sí -dijo él mientras llenaba de nuevo su copa- ¿Otro whisky?
- No. Necesito tomar el aire.
Verónica caminó hacia el porche de la casa. De nuevo aquella angustia, como al despertar esa mañana junto a él, una corriente de agujas afiladas corría desde su estómago hasta la garganta, pero esta vez la sensación era más poderosa. Quiso estar en cualquier otro lugar.
Había conocido a Javier 7 días antes, en una cita que Sara había organizado. Es un chico educado, guapo e inteligente, qué puedes perder, le dijo, además no conoce a nadie y necesita un guía que le enseñe la ciudad y le explique cómo funcionan aquí las cosas. Anímate, lo pasaréis bien. Verónica aceptó, y Sara parecía tener razón.
Habían pasado unos días juntos, recorriendo plazas, museos y locales de moda, y Javier la sorprendió por su inteligencia; aunque la inquietaba su modo de jugar con las palabras y sus dobles sentidos, no podía negar que ese misterio la estimulaba. Le pareció agradable, realmente carismático, por eso terminó aceptando su invitación.
- ¿Estás bien? -le sobresaltó la voz de Javier en su nuca- Pareces nerviosa.
- Sólo estoy un poco mareada -mintió ella- no me ha sentado bien la copa.
- Vamos a sentarnos, te vendrá bien un poco de aire -dijo él, cogiéndola del brazo y dirigiéndola hacia un viejo balancín.
Verónica se sentó y miró hacia el bosque. Se conocía lo suficiente como para saber que su intuición no solía fallar. Bajo una luna casi inexistente, el silencioso aislamiento de aquel bosque, que la había maravillado a su llegada el día anterior, le resultaba insoportablemente asfixiante.
- ¿Y bien? -preguntó él.
Verónica le miró como si no le entendiera. No dijo nada, aunque sabía a qué se refería.
- No te sorprende mi respuesta? -insistió- Te he dicho que yo sí mataría, ¿ni siquiera me vas a preguntar por qué?
Su mirada era la del jugador de poker acostumbrado a la victoria. Había estado jugando todo ese tiempo, y ahora quería descubrir sus cartas. Verónica se levantó y caminó hasta la balaustrada. No soportaba su presencia. Intentó respirar profundamente pero el aire, plomizo, caía contundente en sus pulmones. Sentía la mirada oscura de Javier congelada en su nuca.
- Está bien -dijo finalmente- ¿Por qué lo harías? Tal vez por supervivencia.
Javier ahora sonreía satisfecho.
- Claro que mataría por supervivencia, pero no es el único motivo -dijo él- prueba otra vez.
- No sé. Justicia o... venganza.
Verónica intentaba mantener una calma que sabía que no podría fingir mucho más tiempo. Caminó hacia el otro extremo del porche tratando de escapar de aquella mirada acechante. Desde allí, adivinaba su gélida presencia tras el espeso manto de oscuridad. El tintineo de los hielos de su copa golpeaba con fuerza aquel silencio sólido; se aproximaba.
- ¿Tan básico me crees? Vamos, Verónica, sé que puedes hacerlo mejor. Tu eres una chica lista.
Sus ojos aparecieron de pronto, frente a ella, apenas a un metro de distancia, brillando como los del lobo que en la noche estudia a las ovejas dentro del corral. Verónica retrocedió, un único paso, la balaustrada se clavó en su espalda. A su derecha, un amasijo de herramientas oxidadas y basura; miró las tijeras de podar, abiertas , en suelo.
- Tengo que ir al servicio, no me encuentro bien -dijo apresurada mientras se precipitaba hacia el interior de la casa, zafándose de los fuertes brazos de Javier, que ya la rodeaban. A su espalda, pudo escuchar el estruendo de cristales rotos y líquido derramado mientras corría hacia las escaleras. Después, de nuevo su voz, grave, alta. Una voz muerta, carente de toda emoción.
- Verónica, espera tengo algo para ti, no corras nena, te puedes hacer daño.
Verónica corrió hasta el cuarto de baño, tropezando en cada escalón, y golpeándose contra la puerta. Su neceser estaba allí; vació su contenido en el lavabo mientras las rotundas pisadas se aproximaban. Sus manos se movían frenéticas, fuera de todo control; empuñó las tijeras justo en el momento en que Javier llegaba a la puerta con la mirada gélida de quien domina una situación. Su brazo derecho escondido tras la espalda.
- Venga nena, no seas tonta, ¿no quieres saber qué tengo para ti?
Verónica apretó el puño hasta doler y su brazo se lanzó decidido, ágil, con una fuerza desconocida hasta entonces. Las tijeras penetraron certeras en un cuello fuerte, sembrado de duras venas por las que burbujeaba un líquido espeso y oscuro. Sus ojos, sus labios, congelados en una mueca victoriosa mientras su cuerpo pesado se desplomaba en el suelo. En su puño apretado, una nota. "Todos tenemos motivos para matar"."
Esther Pelayo Fernández
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Mi estrella
Águeda Iglesias Salas

- Eh! !Espérame! Me he enganchado el pantalón saltando la verja.
- Corre, tío. No ves que el hombre de la limpieza ya se ha dado cuenta y anda por todo el centro buscándonos. Yo no espero más, no me la quiero cargar. Si me expulsan estoy perdido y tendré que volver a empezar con toda esta mierda. No te espero -Yeray empezó a correr más deprisa.
Juan corrió siguiéndole sin un trozo de pantalón. Juan corría más deprisa, por eso siempre sacaba las mejores notas en educación física pero Yeray tenía mejores reflejos y sabía escabullirse como un gato. A la vuelta de la primera esquina Juan encontró a su amigo y con las capuchas todavía cubriéndoles las cabezas siguieron corriendo hasta el metro.
-
¿Te ha visto? -preguntó Yeray.
- No sé. Y si me ha visto qué. Es sordomudo, no creo que esté llamando a la policía en estos momentos. Además con la capucha no me reconocería.
-
No creo que haya muchos alumnos en este barrio con las zapatillas Nike último modelo recién estrenadas. Y él te ha visto saltar.
-
Puedo haberlas robado, quién sabe lo que pueden pensar de mí. Además a esta hora ningún alumno en sus cabales permanecería en el centro. No hay de qué preocuparse -dijo Juan.
-
¿Dónde esta el spray? Creo que de camino a casa voy a seguir practicando la pintura.
-
Mierda! Se debió caer al engancharme en la verja. ¿Volvemos?
Yeray le miró de arriba a abajo en su intento por darse la vuelta.
-
¿Para qué? ¿Quieres que te reconozcan? Mañana le pides a tu papá dinero y me compras otro. Para algo te tiene que servir un papá rico.
Habían dejado de correr hacía un rato, no les seguía nadie y si seguían corriendo levantarían sospechas entre los vecinos y la gente que había en la calle.
Llegaron al metro. Juan sacó su billete pero Yeray se coló. Otra razón para seguir huyendo, pensó Juan. ¿Y si nos pillan ahora?
-
¿De qué tienes miedo? Yo soy experto en viajar en metro sin billete. Ya sé cuidarme de que no me encuentren. Y tú, mírate. Un niñito asustado.
-
No estoy asustado -Juan respondió con la voz entrecortada.
Subieron al primer tren. Iban en la misma dirección, se separarían cuatro paradas más adelante. Yeray había quedado con alguna gente y Juan iría a su casa. Su madre andaba preocupada por él últimamente y hoy no quería levantar más sospechas.
-
¿Qué crees que dirá la pava mañana cuando lo vea? -Yeray comentó distraídamente.
-
Espero que le guste. Ojala yo tuviera diez años más -Juan suspiró.
-
"Eres mi estrella", tío qué cursi. Por hacerte un favor, yo jamás volveré a pintar algo así y menos en el muro de un colegio, pero eres mi colega y habrá que hacer excepciones.
-
Mañana nos estarán buscando -dijo Juan.
-
Pse, pero nadie salvo tú y yo lo sabe, yo no pienso abrir la boca y como a ti se te ocurra decir algo te olvidas de mí para siempre. Serán dos meses más y habré dejado esta mierda de colegio por mis propios méritos y no tendré que deberle nada a nadie, no quiero cagarla ahora así que más te vale guardarte tus miedos y permanecer calladito. Además fue idea tuya.
-
¿Qué crees que dirá ella? -preguntó Juan.
-
Y yo qué sé, puede que la manden al despacho y que la involucren en la pintada, quizá piensen que tiene un novio macarra y la llamen al orden… anda que tú también qué ocurrencias, se llama Estrella y no tienes otra cosa más discreta para convencerme que pintemos.
-
Yo creo que ella me quiere -soñaba Juan- Siempre me está sonriendo y habla bien de mí al resto de los profesores que piensan que soy un gañán.
-
¿Y qué? Ella siempre está sonriendo, podría ser tu madre, bueno, en realidad tu hermana, además con esa forma de vestir y esas miradas que nos hecha, quién sabe lo que estará pensando, pero en ti desde luego que no. Yo no sé porque estoy aquí contigo hablando memeces… pero la verdad que lo de la pintada ha sido brutal, ha estado divertido. No sé por qué te tienes que arrepentir tanto de las cosas divertidas.
-
Sí, pero… veremos mañana.
Llegó la hora de separarse. Cada uno llegó a su destino aunque la preocupación de Juan por su pantalón roto y las manchas de pintura en su camiseta le hacían temer lo peor. Su madre se preocuparía. Le volverían a cambiar de centro y él la perdería.
Águeda Iglesias Salas
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