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"Por los tejados" ~ Ilustración de Nuria Fernández

CUADERNO DE CREADORES MONELLE
Este cuaderno de primavera está dedicado a textos representativos
de alumnos de Arteduna, Escuela de Creación

Primavera 2011

"Le Gran Burlesque" y "Lobo solitario" Cristina Gil La Petra
"La reunión" y "Respuestas" Esther Pelayo
"Los tejados de Segovia" y"El que vaga" Fernando Murillo
"Emboscadura" "Absurdo" y "Mi otro yo" Inés Alvargonzález
"Abraham" y "El engaño" José Manuel Nistal Coello
"La chica del metro" Mónica Ventosa
" Un hombre sin destino" y "Relato de un día cualquiera" Pablo Ramos

"Antihéroe", "El Río Subterráneo" y "Títeres" Paloma Ríos García
"La Sombra" Pilar Fernández

 

LeGrand  Burlesque
por Cristina Gil La Petra


  ... nada acaba...hasta el humo
se mezcla con el universo…

Mi nombre es Jane, algunas de vosotras  ya me conoceréis a través de las pinturas de Lautrec, mi gran amigo el conde de Toulouse Lautrec. Fui su musa, su confesora, su amante alguna vez, pero lo que realmente nos unió a los dos fue la pasión por el alcohol. Si, la maldita botella de absenta… noches y más noches charlando hasta el amanecer en las sombras de un camerino cuyas paredes mugrientas guardaban nuestros secretos y nuestras penurias como una habitación de prostíbulo guarda la miseria de los que lo frecuentan.

Mi cuerpo quedó grabado en el recuerdo a través de su pincel, igual que el de otros personajes de la época. Ahora sentada en al aseo frente a la tina rellena de agua jabonosa, ahora a la espera de la visita médica a la que periódicamente nos  sometían  para descartar una posible sífilis incipiente  que arruinara tu carrera…Las calzas a medio muslo y el carmín de los labios delataban nuestra profesión. Éramos las mejores bailarinas de la época, muchas de nosotras habíamos comenzado a bailar en la Opera de París, pero bien fuera por nuestros vicios más perniciosos o simplemente por no querer estar sometidas a aquella disciplina férrea, nos habíamos decantado por la cara oscura del arte cuyo santuario se encaramaba en la noche de Montmàrtre, el lugar en el que se gestó todo un movimiento artístico, sociológico y cultural del que seríamos protagonistas póstumos muchos de los que lo frecuentábamos.

En aquellos cafés de cuya existencia dejó constancia mi queridísimo amigo a través de sus carteles publicitarios, la realidad de nuestras vidas empezó a tomar cuerpo. Grandes plumas de la época denostadas por los movimientos burgueses que dictaban las modas, comenzaron a plasmar sus ideales en los periódicos del momento hasta hacerse oír  por los sectores innovadores,  descubriendo la otra cara de la realidad  en la que vivía buena  parte de la sociedad, y a la cual yo pertenecía.

Pues bien, fue una de aquellas noches interminables, cuando, sentada frente al espejo mientras retiraba los restos de maquillaje , una botella de absenta voló sobre mi cabeza fruto de una acalorada discusión que tenía lugar en el pasillo, para estrellarse contra el espejo, rompiéndolo en mil pedazos y con el mi imagen.

La mala fortuna hizo que una de aquellas esquirlas  me llegara al gaznate, seccionándolo en dos y segándome la vida, sin embargo fue la imagen del espejo hecha añicos lo que mutiló mi alma milésimas de segundo antes de que llegara el cristal asesino, y lo que hizo que el dolor  traspasara más allá de la muerte, de la experiencia física. Hay algo terrible en ver como se destruye tu aspecto, en ver cómo se desvanece el reflejo de la belleza,  de la cuál  vives y por la que te desvives.

Puede que el tremendo deseo de vivir propio de la juventud,  unido a la rabia intensa  producida al ver mi rostro resquebrajado en el cristal, invocaran al mismo Mefistófeles, morador habitual de aquellos lupanares, manifestándose así, envuelto en los vapores del licor de absenta derramado a mi alrededor:

-Se cómo te sientes – inquirió - conozco a las de tu clase, sus pasiones y debilidades, sus gustos… no en vano he hecho de estos cafés mis aposentos, pues vuestros vicios son mi salvación, vuestra perdición la prolongación de mi existencia. cabaret -dibujo de nuria fernándezDía y noche os veo acicalaros frente al espejo, contempláis vuestra imagen e intentáis darle cada vez un destino, un papel, un personaje diferente. También se que eres muy jóven para decir adiós, y que la parca te ha visitado demasiado pronto... Te propondré algo.

En los días de mi vida me hubiera imaginado semejante situación, pero la realidad era esa; mi cuerpo inerte yacía en el suelo incapaz de moverse. ¡Nunca más bailaría! Presa  de la rabia y la impotencia veía cómo  mi alma se elevaba y mi existencia se desvanecía. No tenía nada que perder; lo escucharía.

-Mi querida Jane - hablaba el propio Mefisto- ya ves de qué forma tan injusta  tu cuerpo ha terminado sus días, sin embargo puedes observar  cómo tu alma permanece todavía en este mundo. Si lo deseas, podría otorgarte la esencia de la inmortalidad…  de este modo podrías seguir bailando y disfrutando de esos placeres terrenales que tanto te gustan. Sabes bien lo que espero a cambio…

Atónita, escuchaba su discurso sin poder articular palabra pues que yo supiera aquello sólo estaba reservado a los humanos con gaznate íntegro y ahora parecía que al propio diablo también. Así que no tenía sentido por mi parte plantear ni una duda ni negociar. Me limité a seguir escuchando.

Aquel ser que había tomado vida a través de los vapores de la absenta me sedujo con su propuesta. Al parecer, esa imagen propia tantas veces reflejada había pasado a formar parte de la memoria colectiva de los espejos, de tal modo que podía ser reproducida una y mil veces en cualquier otro cristal semejante. La peculiaridad consistía en que sólo a través de los cuerpos y rostros en el reflejados podía mi alma tomar vida  alojándose en ellos, de tal forma que pudiera  vivir su vida, la de aquella persona que en el espejo se mirase y con cuyas características yo me sintiera atraída; bien porque me encontrase a gusto en ese rostro, bien porque realizara actividades con las cuáles yo disfrutara, o simplemente porque me podía evadir de mi alma entonces entristecida. En definitiva, se trataba de vivir a través de los demás, disfrutando de aquello que yo quería, y en cuya personalidad me podía encarnar a través de su reflejo.

Así pasaron los días y pude ver mis anhelos cumplidos. Bailé aquellos números que más me gustaban y que mis características personales nunca me habían permitido, me divertí en aquellos salones a los que nunca hubiera tenido acceso, comí los manjares más exquisitos encarnando aquellas personas que se lo podían permitir…y poco a poco fui adquiriendo habilidades para la expansión e invasión de otros terrenos, de otros espejos, de otros países, de otras épocas…Viví intensamente y conocí remotos lugares, diferentes culturas, escuché distintas lenguas. Hasta que como todo, llegó un momento en que me cansé, me invadió el hastío y el tan temido tedio se apoderó de mí. ¡Dios mío! y condenada a la eternidad, porque yo así lo había aceptado, no me quedaba ya nada más por hacer en este mundo.

Fue quizás la casualidad, lo que me trajo un día a través de los espejos hasta vosotras, y viendo vuestra inquietud por los artistas de mi época, por mi querido Lautrec, por el brillante y despiadado Baudelaire, y por tantos y tantos artistas buenos y malos que malvivieron en la miseria pero que supieron disfrutar de lo que amaban, por lo que decidí instalarme aquí y sosegar mi espíritu.

Así es como desde hace algún tiempo resido en este estudio, pues aunque limpio y cuidado, tiene la esencia de los tugurios en los que viví mi vida loca de bailarina. Alguna vez me habréis sentido bailando a Satie, cuando os haya invadido mi nostalgia y la desgana se haya instalado en vuestro cuerpo. Otras muchas, habéis bailado embriagadas por los efluvios de la absenta sin saberlo, sintiéndoos parte de nuestra compañía de cabaret inmortalizada en los carteles de la época. bailarina -dibujo de nuria fernándezLa poesía, la música que aquí escucho se han apoderado de mi despertando de nuevo los placeres del alma, y aunque no he logrado materializarme si he adquirido a lo largo de este peregrinaje ciertas habilidades más propias de lo terrenal que de este estado en el que me hallo. A veces me divierto con pequeños juegos como cambiaros la ropa de sitio, o esconder una camiseta… En ese caso escojo el color negro, infinitamente más difícil de encontrar. Entonces os veo como locas buscarlo en esa leonera de vestuario que tenéis y me traslada a mi juventud perdida. Algo que me fascina es sabotearos la música,  cuando más concentradas estáis bailando algo, me arrimo al aparato y ¡zas!, ¡lo fastidio! Qué divertidas vuestras reacciones…

Pero como ya os decía antes no sólo ejerzo mis escasos poderes en incordiar. Día a día, sin vosotras saberlo os ayudo a caracterizar a esos personajes que bien conozco y sobre los que ahora habláis.

En fin, he encontrado al fin la paz en este cubículo  y con vuestro proyecto, y con él me iré cuando termine. Para entonces habré logrado habilidades para recuperar mi alma, presa todavía ahora del poder del innombrable.

Se que habrá un gran estreno, y que será un éxito, y quién sabe si dicho éxito se propague a tierras lejanas… para lograrlo no debéis despegaros de la esencia de vuestros personajes y de su conexión con la memoria colectiva, sólo así podré permanecer entre vosotras y ayudaros hasta el final.

Estaré aquí durante las clases y en los ensayos. Será el día del estreno cuando vea mis deseos cumplidos y pueda despedirme por fin satisfecha. Me desvaneceré entonces como el humo de incienso que flota en vuestros camerinos, elevándome por encima del escenario para por fin poder ser libre.

Como quiera que esto suceda la magia del espectáculo estará garantizada, así como la diversión y la ilusión. Por fin entonces podré irme, sigilosa, ascendiendo entre el público en las volutas  que se irán dispersando para hacerse cada vez más ligeras y permitirme marchar hacia la libertad, a mi lugar de descanso, satisfecha de haber podido dar vida de nuevo  a mi juventud truncada, de haber concluido lo que pudo haber sido que es, aquí, entre vosotras.

Jane Avril Madrid, 30 de enero de 2011.
Cristina Gil La Petra

 

 

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azules -dibujo de nuria fernándezLobo Solitario
por Cristina Gil La Petra

 

Al terminar la compra le dio las vuelta:

-Y dos más, cinco. Hay tiene, muchas gracias.
-Gracias, adiós.

Observó de cerca sus manos y repitió el gesto. La mano se estrechaba, se alargaba y adquiría un aspecto más parecido a una garra. Al dirigir la vista a sus uñas observó cómo estas se curvaban hacia la palma, como si quisieran esconderse. El aspecto huesudo y rígido  de sus manos le sugirió  una zarpa. Y es que ciertamente su aspecto encogido era cada vez más parecido al de una alimaña. El paso del tiempo había secado no sólo sus huesos y sus tejidos sino también su alma. Desde hacía tiempo vivía aislada, la familia más próxima había ido desapareciendo de este mundo y los conocidos habían dejado de serlo hacía ya tiempo. Unos por dejadez, otros por fastidio, pues no era fácil compartir el tiempo con alguien con quien a duras penas podías hablar y comunicarte, pues el paso del tiempo había hecho mella especialmente en su oído, y el habla nunca lo había cultivado especialmente.

Tenía las habilidades justas para sobrevivir. El trabajo realizado desde antaño en la tienda de chuches era demasiado mecánico como para necesitar un esfuerzo mental extra.  Si lo necesitaba, podía leer los labios de aquellos que solicitaban algo de su tienda, o quizás ni siquiera los labios; puede que tantos años haciendo lo mismo le hubieran enseñado en cierto modo a adivinar lo que deseaba el cliente. La forma de inclinarse sobre el bote de caramelos elegido, el dinero contado sobre el mostrador como hacía el sector más juvenil…pequeños gestos en la mirada o en la cara le acercaban suficientemente a los deseos del comprador, lo bastante como para que la palabra muchas veces fuera obviada.

Así había pasado el tiempo y muchos días terminaban sin que cruzara una conversación con alguien que durara algo más de  un gracias, adiós. Haciendo una recapitulación de sus pensamientos, es cierto que también había habido momentos en los que la mala saña le había hecho pagarla con los más pequeños. No faltaban ocasiones en las que el hurto cobrara el protagonismo, y aunque cada vez menos frecuentemente, o cada vez con menor frecuencia detectado, todavía era capaz de emplear todas sus energías, aunque estas estuvieran ya mermadas, en echar del puestecillo a escobazos al desgraciado que se atreviera a robarle. En esos momentos su columna cifótica se erguía como una vela y un gruñido salía de lo más profundo de sus entrañas, de pronto cobraba el aspecto de un oso que se levantara sobre sus patas traseras para defender su territorio. La  resaca posterior hacía que maltratara después al publico infantil, siempre en el punto de mira, lo que le llevó al sobrenombre de “la bruja”, y a la que con frecuencia se le otorgaban atributos sobrenaturales.

Sintió que su energía y el tiempo se agotaban y escogió un lugar para descansar. El catre de su guarida, sobre el que dormitaba cada noche le pareció adecuado. A la mañana siguiente ya no volvió a abrirse el puestecillo de chuches. Los más pequeños fueron a comprarlas a la tienda de colorines, que aunque más cara, siempre estaba abierta. Los adultos compraron los chicles y chocolatinas en paquetes en el súper.  Algún despistado volvió varias veces, pero pronto cambió de hábito.  Finalmente fue noticia, en una pequeña columna de las páginas de sucesos, el  hallazgo de un cuerpo en descomposición avanzada , encontrado a causa de la insistencia de los vecinos en derribar la puerta, debido al olor nauseabundo que envolvía la finca desde hacía días.

Cristina Gil La Petra                          


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La Reunión
Por Esther Pelayo

 "melodías" dibujo de nuria fernández Lo has conseguido; puntual, ni antes ni después, me digo mientras coloco mi vestido frente al espejo, ya en el ascensor. El color es perfecto; casi blanco, o casi malva; y esas florecillas diminutas parecen brotar continuamente en un tejido tan ligero; este vestido está vivo, y devuelve mis cumplidos cayendo vaporoso y juguetón en caricias sobre mis piernas; es una sensación deliciosa, fresca. Con las sandalias planas, arrastra un poco por el suelo, pero no importa, el efecto invita a recogerlo con la manos, con un pellizco delicado, como esas damas elegantes de las películas antiguas... bailo y tarareo un vals frente al espejo, que me devuelve una imagen maravillosamente ridícula. Ya estoy en el noveno, solo me queda un piso más de esta extraordinaria intimidad; me despido de mí con una sonrisa burlona, que me agradezco con un guiño de camaradería en el espejo. He llegado al décimo.

Ha abierto la puerta Jaime, que me estaba esperando. Está feliz, aunque parece tenso; es normal, yo también estaba nerviosa cuando entré en el ascensor, voy a conocer a sus amigos... En la terraza, algunos invitados que han llegado temprano, charlan tomando una cerveza, antes de pasar a cenar; sólo conozco a dos de ellos, sus compañeros de piso, así que Jaime comienza con las presentaciones. Todos son antiguos compañeros de la escuela de cine. Un polaco; dos alemanes; un israelí; y Noelia, de Albacete, la única mujer del grupo, con su pareja, un argentino cincuentón, también del gremio. Se me ocurre un chiste del tipo qué hacen un polaco, un alemán y una de Albacete en una terraza; tiene gracia, pero me contengo, quizá me malinterpreten.

Los amigo de Jaime son... correctos; aunque me decepciona escuchar hablar de cine en orden alfabético; esperaba encontrar a un grupo de apasionados profesionales del noble arte, y de la vida, pero lo que veo es un grupo de eficientes conocedores de datos concretos: productoras, presupuestos, plazos... Podrían hablarme en cualquier otro idioma y sería lo mismo, de hecho lo hacen en varias ocasiones, no importa, blablabla es lo mismo en ruso y en chino mandarín, y yo, ahora sólo pienso en lo agradable que es la temperatura esta noche. No dudo de la eficacia de sus conocimientos, pero hablan tanto para decir tan poco... Tengo que encontrar la manera de llegar a aquel rincón de la terraza sin que nadie perciba mi ausencia, desde allí las vistas son inmensas y, lo que lo hace aún más deseable, allí no hay nadie. Pero Noelia no deja de observarme, ni Mario, su pareja, que me mira desde el salón, donde conversa otro grupo. La maniobra ha de ser discreta, no querría cometer ningún desaire. Es el momento de concentrarse en la conversación, aportar algún comentario breve y agudo, que no de pie a replica alguna... Eso es, ahora me retiraré con el pretexto de ir en busca de un cigarrillo. Ya está, sólo tienes que hurgar en tu bolso un par de minutos, con naturalidad, como si no encontraras el mechero, el tiempo suficiente para que la atención recaiga sobre otro, y ya puedes ir a ese rincón... ¡Mierda!, Noelia otra vez mirándote, ¡Rápido, sonríe!

"Oto" ilustración de nuria fernándezLa panorámica desde esta altura es hipnótica. No he oído a Jaime acercarse; de pronto su mano acaricia mi espalda. ¿Estás bien?, pregunta apartándome el pelo para acomodar su mentón en mi cuello. Claro que estoy bien, le digo aferrándome con fuerza sus brazos, que ahora rodean mi torso. Y es cierto, ahora lo estoy, pero él me preocupa; creo que empiezo a intuir el origen de toda esa tensión. Jaime no es un almacenador de datos, no esencialmente, y ellos... ¿Habrán leído alguno de sus poemas?

La cena ha sido deliciosa, y la conversación algo más ligera que antes, gracias al vino en gran medida, pero aún sin llegar a fluir; ellos se comunican como yo escribo, encadenado palabras sin aportación real a la vida, son palabras huecas, por rellenar espacios. Incluso cuando los temas han adquirido un matiz algo más personal, el tono de la conversación es casi académico. Cada anécdota contada es como el ensayo de un discurso escrito para uno mismo y expuesto en un auditorio vacío. No se comparte nada, sólo la comida.

Pienso en Almudena; si ella estuviera aquí, ahora estaríamos teniendo una de nuestras conversaciones telepáticas. El código de miradas estaría ya en marcha, acompañado quizá de alguna patadita bajo la mesa; como en la fiesta del hijo del ministro... Lloramos de risa encerradas en su cuarto de baño; si él supiera lo que hicimos con su cepillo de dientes y su maquinilla de afeitar... Es realmente imprudente invitar a una ex a una fiesta en tu casa, temerario si la fiesta es aburrida y ella asiste con su alter ego malvado.

Hablando de maldades, ¿Qué es aquello que reluce en la frente de Noelia?, ¿Acaso un par de cuernecillos demoniacos?

Estela, qué bien te queda ese vestido, me dice casi chillando cuando todos salimos de nuevo a la terraza,tienes a Jaime como una moto... ¡Quién me lo iba a decir! Acabo de recibir su primer coletazo. Pero nadie le ríe la gracia, y yo siento el impulso de correr a abrazarla, me contengo y simplemente la sonrío. Quizá esto haya tenido algo que ver con las mirada curiosas de Mario, escudriñándome durante toda la noche, o con el escaso atractivo físico Noelia; interesante en cualquier caso, al fin un rastro de humanidad. Tranquila, pienso, aquí tú sigues siendo la lista, yo sólo soy la del vestido bonito. Quizá esta noche termine contándote mi chiste al fin y al cabo.

Esther Pelayo Fernández

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Respuestas
por Esther Pelayo Fernández

feria -pintura de nuria fernández

Era una mañana fría de noviembre, despuntaba el alba cuando Venancio salió de casa. Hacía sólo diez minutos que el gallo había cantado y él, puntual como cada Domingo, salía hacia al obrador, a por su buena hogaza de pan para los almuerzos de la semana. Para cuando llegara al pueblo, Doña Julia estaría sacando la primera hornada. Buscó su gorro de lana en el bolsillo y se lo encajó en la cabeza hasta cubrirse las orejas, lo que no le costó gran esfuerzo, pues el viejo gorro había sido ya moldeado para esta exigencia por los muchos tirones recibidos durante años.

Ya en el camino, al paso por el huerto, admiró las matas de espinacas que había sembrado en agosto, que lucían lustrosas y anaranjadas bajo el sol del amanecer. Pronto habría de recogerlas, apuntó, esta misma semana. En seguida, Chucho asomó el hocico por la puerta de la cabaña de aperos, esperando paciente la aprobación de Venancio para correr hacia él, no sin cierta dificultad pues se resentía de la cadera desde que comenzara el frío.  

Chucho era un viejo perro mestizo que le merodeaba allá donde fuera desde que apareciera por allí hacía ya tres inviernos. Venancio pensó que se iría tal como llegó, un día cualquiera, así que no se molestó en prestarle demasiada atención, tampoco en ahuyentarle, al fin y al cabo se le acumulaban los mendrugos de pan duro, y desde que murió Ramona siempre le sobraba algo de guiso.

- ¡Ay! Chucho, chucho - masculló Venancio - otro domingo más, amigo mío; otro amanecer. ¿Es esta la vida que esperabas?

Chucho iba y venía en torno a él, esperándole, adaptando el ritmo a su caminar lento y reflexivo por el camino de arena que serpenteaba, dorado, subiendo y bajando pequeñas lomas. Los trigales brillaban azuzados por el viento frío como una inmensa moqueta irisada bajo un sol, ya despierto, congelado en el cielo blanco y luminoso.

- ¿Qué vida habrás llevado antes de llegar aquí? ¡Qué penurias y calamidades habrás tenido que sufrir, en tu vida errante y vagabunda, para que ahora te parezca éste un buen lugar donde esperar la muerte!, junto a este viejo chiflado que habla con un perro; ¿Acaso no habrías preferido un buen hogar, donde unos niños juguetones te colmaran de atenciones y caricias? Si  al menos viviera Ramona... Ella te habría cuidado bien, como lo hacía con migo, y tú habrías alegrado sus días; con tus ojillos agradecidos, tal vez hubieras podido llenar de cariño ese hueco que nunca colmó, el que reservaba para los niños que jamás llegaron.  ¡Ay! ¡Qué buena era! No había mejor mujer que ella. Me hubiera gustado tanto darle un hijo... o una hija, ¡Como la Alejandrita! Esa niña era una pilla, siempre correteando por el campo, sucia como un animalillo. Recuerdo el día que Ramona la pilló robando un melón de la huerta, ¿Sabes lo que nos dijo la granuja? Que se había hecho una cabaña en el monte del almendro, y que ahora tenía que plantar una huerta... ¡La muy boba iba a enterrar el melón para que crecieran más! ¡Te imaginas! Era buena niña, lo que pasa es que nadie la había enseñado cómo se hacen las cosas. Desde aquel día solía venir por aquí a vernos trabajar en la huerta, y a marearnos con sus preguntas; ¡Nunca callaba! Ramona se reía tanto con ella...

Venancio se detuvo de pronto a contemplar el camino, que unos metros adelante se perdía tras la última loma; detrás estaba el pueblo, ya no le quedaba mucho trecho por recorrer. Se giró hacia el sur buscando algo en el horizonte, con la mirada perdida. Encontró lo que buscaba; no vio la urbanización de lujo, que había sido construida hacía ya 15 años en aquel lugar, pues no eran sus ojos los que miraban, y por un momento, atisbó en su lugar el viejo almendro coronando el monte, blanco de manzanilla; y escuchó los grititos y risotadas de Alejandra construyendo su cabaña a los pies del árbol; un melón, semienterrado en la tierra arcillosa, asomaba junto a un ramillete de tomillo.     

- Será mejor que sigamos amigo - musitó en un hondo suspiro al retomar el paso - Nuestro pan debe estar ya saliendo del horno. Así es la vida Chucho, sólo esto es la vida, y sin embargo, todo esto es la vida... ¿Qué habrá sido de la Alejandrita?

**

- Alex, nosotras nos vamos ya a casa, ¿vienes o no?
- Yo me quedo un rato, no os preocupéis luego cojo un taxi.

Las dos chicas se fueron, no muy convencidas, dejando a su amiga sola con aquel tipo tan raro. No les gustaba que ella hiciera estas cosas, les parecía peligroso, pero sabían que no podrían persuadirla; es como si de pronto la poseyera un espíritu demoníaco, solían decir. Habían salido aquel miércoles para hacer algo más llevadera la semana de tediosas jornadas laborales. Alex había tenido un día horrible, incluso había discutido fuertemente con una de sus compañeras, la única con la que la unía cierta amistad. ¿Esto es la vida? Se preguntaba enfada al salir de la oficina aquella tarde, ¿Este continuo perder los momentos?

Enrique - así se llama aquel extraño desconocido tan risueño y lleno de vida, con quien no había parado de hablar en toda la noche - había pedido otras dos cervezas a la camarera, a quien trataba con gran familiaridad; las últimas, dijo, siempre me quedo sediento después de bailar. La camarera, una joven menuda y atractiva, llegó a la mesa cantoneándose al ritmo de la música con tres botellas en la mano, una era para ella. Carmen, así se llamaba, había llegado a Madrid hacía apenas dos meses para buscar su primer empleo como periodista, pero hasta ahora el único trabajo que había conseguido era aquel, gracias a Enrique, íntimo amigo de su novio, y del dueño del club de jazz, por suerte para ella. A Alex le gustó en seguida, era espontánea e irradiaba una ingenuidad encantadora y divertida.

Los tres enseguida encontraron aquel lugar común en el que la complicidad cubría sus historias y anhelos con el manto del consuelo más inesperado. Enrique alzó su cerveza.

- ¡Por un encuentro entrañable! -  brindó -  y por que encuentres lo que buscas - añadió golpeando su botella contra la mía.
"árboles nocturnos" ilustración de nuria fernández

La noche transcurría, ligera, casi lenta, entre música y conversaciones que los acercaba cada vez más; ingrávidos, como en una burbuja, bailaron los tres juntos, después separados, para volver a encontrarse de pronto envueltos por el humo y el aroma a marihuana. Tan pronto eran atrapados por el sonido entre melancólico y erótico de un bajo virtuoso, como se veían arrastrados por una trompeta excitada y juguetona. Ya no hablaron más aquella noche, no con palabras, pues la proximidad había alcanzado aquel límite en el que ya no cabía entre ellos más que tacto y deseo.

**

Parecía cansada aquella tarde. Se sentó en la que ya se había convertido en su mesa desde que la ley anti-tabaco relegara a los fumadores a las improvisadas cafeterías de las aceras. A ella no le importó; le gustaba la calle, y la estufa; la reconfortan cuanto se le hace insoportable la opresión de aquel aislamiento al que ella misma se somete. Allí puede verse, de nuevo, formando parte del mundo cuando las horas de soledad consiguen desdibujarla; en esos momentos tiene la necesidad de conectarse con la realidad, pero aún desde lejos; sola.

¿Por qué lo hago? De nuevo la pregunta que continuamente la angustiaba. No tenía sentido seguir en aquel camino, que no parecía llegar a ningún lugar y la alejaba de todo lo que hasta ahora la había importado; sin embargo, algo la empujaba a continuar, y cuanto más avanzaba, más lejos quedaba el punto de partida y la posibilidad de retorno. ¿Acaso es esta su vida?

Marco, el camarero, siempre amable y dicharachero, le sirvió un té con leche que ella degustó despacio, todavía enredada en sus dudas, pero ya sin el peso de la angustia, que parecía haberse disuelto naturalmente, como el azúcar de su té. Sacó su portátil y comenzó a escribir. De cuando en cuando, algún ruido la sacaba de su ensimismamiento, ella levantaba la cabeza, y por un instante, tomaba consciencia de la armonía que la rodeaba para, al momento, retomar el hilo de su historia con más determinación. Poco a poco, todo iba encajando casi sin esfuerzo; sólo con paciencia y algo de renuncia, su historia se aproximaba hacia un final que ella únicamente podía presentir. Todo el espacio que unas horas antes había ocupado una angustiosa incertidumbre, ahora se llenaba de satisfactoria expectación ante lo que esos personajes parecía querer desvelar.

Emma ha conseguido ya su final y, por hoy, ha terminado. Cierra el portátil y se recuesta sobre el respaldo acomodando las piernas sobre otra silla. La tarde es fría, pero el sol luce en un cielo blanco y despejado, y a su lado crepitan las llamas de la estufa. Algunos niños corren, persiguiéndose unos a otros, en el parque, al otro lado de la calle. El camarero, que despide a otro cliente entre bromas, se acerca sonriendo.

- ¿Todo está bien, reina? ¿Te apetece un batido?

**

Marco ha entrado en la cocina sonriéndose.

- ¿Qué te pasa? - pregunta su compañero.
- Nada - contesta él - Es este trabajo mal pagado... A veces creo que es el mejor trabajo que un hombre pueda tener.
- No hay quien te entienda, tío - dice el compañero, palmeando su espalda - Estás como una cabra...

Marco saca la fruta de la cámara y la coloca sobre la tabla. La trocea despacio, metódicamente, haciendo pedacitos pequeños, casi idénticos, que vierte después en una licuadora. Nunca antes había visto tanta gratitud en una sonrisa; no comprende cómo alguien puede emocionarse así por un simple batido de melón. Vivir para ver, amigo - dice de pronto, saliendo de su ensimismamiento - ¡Vivir para ver!

Esther Pelayo Fernández

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El que vaga en la noche
por Fernando Murillo

  "sorpresa" dibujo de nuria fernández

Las mañanas amanecen tan temprano o tan tarde como el tiempo que está ocultando el sol. El amanecer, que han intentado prohibírmelo, aquí en mi celda, ha sido un nuevo tiempo de conocimiento, cada día en un lugar distinto. Con noches terminando en rebaños de animales diferentes que me han enseñado su lenguaje y me han contado lo que sienten y ven.

Pero basta ya de retórica, no es eso a lo que he venido hoy aquí agudo lector, que no me recordarás y no sabrás que fuí yo quién te enseñó que el encierro que sientes hoy, no es más que la forma que tus vidas pasadas han decidido que tomes en este tiempo.

Así que escucha con atención y dime si no te gusta lo que cuento, como a tantos otros que no conoces y con los que sin embargo estas compartiendo ahora un momento que sólo yo conozco y sólo tu entiendes.

Cuando corrías por el campo persiguiendo animalitos que se convertían en grandes monstruos, que te hacían sacar tu gran espada de fuego, para luchar en montañas de hielo, de altura interminable, sobre un balcón de nubes de rosas, que tu admirada princesa te regalaba desde su palacio desconocido.

Lugares remotos que se volvían alcanzables con dos grandes pasos dados por un transporte que solo tu conocías, pero que sabias que existía, porque el agua que bebias te refrescaba y te llenaba de poder, igual que a tu animal acompañante, que te hablaba en un idioma que no conoces, pero que entiendes perfectamente, como si formara parte de ti desde tiempos inmemorables, pero que hoy, encerrado,  ya no recuerdas, tampoco que un día lo entendías.

Y solo, encerrado en mi aislamiento, he sabido recordarlo, al despertar en la oscuridad, con nadie con quien hablar, oyendo las voces de mis hermanos de otras vidas, que me dicen que, como ayer, que el lugar al que pertenezco está conmigo, aquí, en esta celda, en este oscuro espacio, en el que encontraré la puerta secreta con la llave mágica que ellos me están dando y yo cojo con mi mano, sintiendo su cuadrada calidez, lista para acoplarse y dejar desprender la luz por las ranuras formadas en sus rendijas.

Días enteros sin comer, sin que afecte a mi espíritu, más fuerte cada día, más entero cada semana. Franqueándome el paso en cada jornada de lucha contra unos dragones, los míos, no los tuyos, que hoy ya no sabes como soñar, pues tu mente frágil prefiere enseñarte los que otros han dibujado por ti, acomodándose al ritual del momento. Pero no te preocupes lector, que hoy sí, estoy aquí, para que juntos descubramos como era nuestro dragón, nuestra armadura, nuestra chaqueta, nuestro campo de flores, de tantos y tantos lugares que hemos olvidado, que no vemos fuera y sin embargo, existen en nuestro interior, tan grandes como el palacio más inmenso que puedas imaginar, porque sólo tu pones los límites de tu existencia.

Esto es lo que mis carceleros no entienden, lo que la justicia del estado escapa a comprender, por lo que intentan robármelo, ofreciéndome una soga, que no será más que una parte más, de una aventura cualquiera, de otros sueños ocurridos en una vida, la mía, que comenzó en la prehistoria de los tiempos y nadie sabe cuando terminará.

Fernando Murillo

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Los tejados de Segovia

Por Fernando Murillo

 

El resplandor de todo el día de sol me había dejado la cara colorada y calenturienta. Me sentía bien a pesar de todo, muy alegre, y el fresco que me llegaba a la cara al anochecer consiguió terminar de relajarme. Trás las primeras cañas y pinchos en un nuevo bar salimos a voces a la calle. He inmediatamente la conversación cambió. ¡Que niebla gritaba uno! ¡No se ve nada! Decía otro. Yo soy más de quedarme en silencio, un poco retrasado, buscando pasar desapercibido. Y ya, a cierta distancia, en medio de la calle, mirándome a mí y mirando al infinito cercano de las casas, el placer me embargó. Las mejillas, heladas, engordaban; la nariz, cerrada por el aire cargado del garito, se abrieron y me llenaron los pulmones de oxígeno. El cuerpo entero se llenó, y mientras jugaba con la respiración notaba como cada parte de mi cuerpo, de mis músculos, se iba liberando. La mirada se me volvió abierta. No había mucho que ver, más que nada porque la niebla lo impedía, pero en mis ojos todo era luz y color difuminado.
niebla -dibujo de N.F

Ya dispuesto a seguir caminando, todo era un redescubrimiento. Recuerdo con especial énfasis la vista de los tejados de Segovia desde la calle Juan Bravo, en frente de la Casa de los Picos. Los diez minutos parados con dos amigos, las frases cortas pero llenas sobre la vida, y la mirada perdida deambulando de los tejados a la gente y de la calle a las fachadas de los edifícios.

El camino siguió rápido, la plaza mayor al alcance de unos pasos, muy cortos, aunque el giro antes de entrar nos impedía verla. Sentía ansia, no era la primera vez que veía Segovia así, con una niebla caída de la nada en cinco minutos que todo lo ocultaba y parecía volverlo prohibido, pero, por eso mismo, me sentía nervioso. ¡Que ganas de ver la Catedral! ¿Cómo estaría? ¿Que se vería? ¿Que colores destacarían? Todo eran preguntas, y mi cara con una sonrisa dibujada en los labios sabiendo que ya estaba, que solo había que girar, que era allí.

Que gusto da sentarse en esos momentos y recobrar el aliento, ya henchido del lugar, ya rendido a la majestuosidad, a las luces difusas que iluminan la Catedral y que la niebla vuelven a ésta diferente, más divina, si cabe, más cercana a Dios, tal vez.

Ya en marcha de nuevo, seguimos nuestra ruta de tapas y cañas. Un vino aquí, un pincho allí, siempre con la niebla acompañándonos, como si quisiera decirnos algo, hacernos, tal vez, pensar, que eramos un poco lugareños. Da gusto salir así.

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Emboscadura
Por Inés Alvargonzález

 

"luna" ilustración de nuria fernándezParada delante de la casa, contemplando las montañas a lo lejos y las nubes moviéndose alrededor de ellas, noté un pequeño empujón en el costado derecho. Me giré y noté otro golpe en mi lado izquierdo.

Me arrastró con su fuerza hasta el bosque. El aire era rápido y había adquirido poder en las montañas. Ahora podía llevarme con él, a donde él quisiera.

Una vez adentrada en el bosque, dejó de empujarme. Ya simplemente me dejaba acompañar por él. Notaba las corrientes, su dirección y su susurro. Él levantaba mis talones ligeramente sin dejarme descansar. No sabía a dónde quería llevarme.

Los árboles sonaban como las olas del mar, iban y venían queriendo ayudarme. Pero aún no, aún no debía agarrarme a sus brazos, tenía que ver aquello.

Un suelo de setas suavizó las durezas y pequeñas heridas de las plantas de mis pies. Era un suelo húmedo y esponjoso.

El viento quiso que fuera más deprisa. Anochecía.

El bosque se fue quedando atrás. Llegamos a un claro, un campo de arena, desértico, y allí enfrente, en una cueva de piedra rojiza, se alojó el viento, desparaciendo como rayo de luz.

Permanecí quieta, de pie. ¿Era eso? ¿La cueva?

Aún más cerca del bosque que de la cueva, me senté en cuclillas sobre mis talones, esperando alguna señal. Algo o álguien. Poco a poco, en la oscuridad de la noche... De la cueva comenzó a salir un gigantesco aro de luz, formado por miles de círculos de nubosidad blanca. Me atrapó en su interior, por una fuerza extraña que mantenía mi cuerpo estático. No rígido, porque mis brazos estaban flácidos. Mi cuerpo no tenía gravedad y flotaba en medio de miles de aros de luz. Despegamos, alcanzando la copa de los árboles milenarios y aterrizamos en la cima de la montaña más alta.

El aro se transformó en una vía láctea al alcance de mi mano. Trepé por ella, sintiendo el calor en mis manos, en mis rodillas, en mis pies, hasta encontrarme justo delante de  la Luna. Respiré hondo, y cerrando los ojos acerqué la palma de mi mano a su cara. Quieta, sin respirar casi, esperé. La luna dio un paso hacia delante y mi palma se hundió en su cara. Dio otro paso, y mi brazo se hundió en su boca, y así hasta que al fin pude entrar en ella y contemplar desde allí el bosque, y una casa a lo lejos muy pequeña, muy pequeña, en una de sus entradas.

Inés Alvargonzález

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burbujas -dibujo de nuria fernández

Absurdo

Andar por la calle con miedo a que te asalten, de noche, y pegar un salto por el movimiento de una hoja de un árbol que se movió a tu paso.

Encender un fuego con leña mojada y soplar con todas tus fuerzas por no tener con qué avivar el fuego (fuelle).

Tener ganas de ir al baño y no ir por querer seguir haciendo nada.

Poner el despertador a una hora y levantarse una hora más tarde. Tomarse un café para fumar.

Buscar el sentido al absurdo, absurdo. Hacer tiempo, hacer tiempo ¿cómo se hace eso?

Es pronto para irse a dormir, porque será pronto el despertar. ¿Y si no despertara?

Cambio la forma en que cojo el bolígrafo, mi “corazón” se ha cansado, un callo.

Escucho las ranas fuera. Suenan como pequeñas castañuelas, martillos de juguete, de niños. Ranitas de chapa.

Me voy a la cama. El fuego se apaga, voy a soplar, mal, encorvada. Chepilla.

Me voy al baño y después a la cama.

Bebo agua. Hoy no ha llovido, que extraño, mejor.

La niebla se echa sobre las montañas, solo luces en sus faldas, una extensión de casas.

Puntos a lo lejos. Abro la nevera y cojo el yogurt natural, y el azúcar, y una cuchara, y esa es toda mi cena. No tengo hambre.

Inés Alvargonzález

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Mi otro yo

 "siesta nocturna" ilustración de nuria fernández

Me largo. Ahora mismo. Voy a coger lo esencial, lo que me quepa en mi mochila y me largo. Lo mando todo a la mierda.

Así lo hice. Metí un cuaderno, papel y Boli, tarjeta bancaria, pasaporte y DNI, tres bragas, tres camisetas y tres calcetines. Un cepillo de dientes y pasta, un peine, un jabón de mano y un botellín de agua. Fui a la cuadra, cogí mi caballo y me largué. No sabía por donde ir para dirigirme hacia Francia, puesto que era la ruta que más lejos podría llevarme por tierra, pero supuse que era mejor no cruzarme todo Madrid y me dirigí hacia el Aeropuerto cabalgando por la M11. Los coches no paraban de pitarme, pero yo iba feliz galopando con mi asustado caballo por medio de la carretera. Me daba igual, todo me daba igual, me era indiferente, que me pillaran, que me matara, que la policía me dijera algo, que me encontrara a algún familiar bajando la ventanilla del coche a mi derecha, me daba exactamente igual. A la mierda la familia, el trabajo, la hipoteca y Madrid, a la mierda con este tipo de vida.

Ja,ja,ja,ja,ja. ¡Lo conseguí, lo hice! Estoy loca, como una cabra, libre! He dejado de ser un robot, una máquina, para poder pensar, sentir, vivir. No tengo patrones, no tengo guía, no tengo nada más que una mochila con lo esencial, mi caballo y a mi misma. Cuando tenga hambre comeré, cuando tenga sueño dormiré, cuando quiera gritar podré hacerlo, libre, mi voz correrá veloz por donde quiera, reiré cuando así lo sienta, lloraré cuando empiece a sentirme culpable, pero me liberaré de todo ello, me liberaré porque lo he mandado todo a la mierda y ya no tengo nada de lo que desprenderme.

Estoy exhausta, estoy volada, estoy en paz. Descanso en un prado, propiedad de me da igual de quién, y duermo plácidamente sin pensar en nada, en nadie, simplemente duermo porque es lo que deseo en este momento. Y mi caballo pace a mi lado, tranquilo, lejos de la ciudad. Él no es libre aún, pero él ya se desprendió hace mucho de todo. Tal vez decida marcharse también y dejarme aquí. Y qué, todo está bien ahora. Caminaré entonces, ¡a donde sea!

Vuelvo a ver flores, a sentir el movimiento de los árboles, a escuchar los crujidos de sus huesos. Vuelvo a mirar al cielo y a ver mi reflejo en el agua del río que fluye, libre, en este sendero, verde, jovial, solitario. Y no me siento sola, por primera vez, no me siento sola, porque estoy aquí, porque yo estoy, soy, en este momento, en este prado, en esta hierba, entre estos árboles que me acogen, siendo extraña, me acogen.

Ah! Quiero abrazarlos, quiero hacer el amor, aquí, ahora, libre, desnuda, sin ataduras, con el aire, con la naturaleza.

Siento que vuelo, mis pies, descalzos caminan sobre las piedras del borde del río, no hay frío, no hay calor, no hay dolor. Extiendo mis brazos en forma de alas, y mis piernas se elevan. Vuelo. Veo el reflejo de mi cuerpo en el agua, ambos nos dirigimos al mar, al océano. Mi caballo me acompaña galopando a unos metros, cerca, le veo entre los árboles. Que dicha más grande. Mi cuerpo parece perfecto, ligero como una pluma, sigue la corriente, se deja llevar.

Ahí me despido de ti, mi caballo, compañero. Tú no puedes volar, porque estás hecho para trotar, nuestros caminos se separan en esta orilla. Pero volveremos a encontrarnos, sí, cuando vuelva a la playa mi cuerpo mojado. Ahí me recogerás, para extender mi alas a secar, y guardarme después en esa roca, donde las olas rompen aplaudiendo mi atrevimiento, mi libertad.      

"Espumas" ilustración de nuria fernández

 

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Abraham
por José Manuel Nistal

Abraham -ilustración de N.F

Caía la tarde. Isaac comenzó a agrupar al rebaño para volver a casa. Quería llegar pronto para hablar con su madre un rato. Estaba preocupado.

Silbó a las dos ovejas que se separaban del grupo y consiguió hacerlas avanzar en la dirección correcta. Todo estaba bajo control, el rebaño caminaba unido.

- No dejes nunca que una oveja se separe durante mucho tiempo del rebaño - solía decirle su padre – Nunca se sabe dónde está el límite, pero si lo rebasan no podrás traerla de vuelta.

Isaac silbaba y vareaba a las 12 ovejas que tenía a su cargo, esforzándose porque aceleraran el paso. Ya quedaba poco para llegar a casa y quería estar allí antes de que volviera su padre.

Abraham, así se llamaba su progenitor, llevaba unos cuantos días ausente, ensimismado en sus pensamientos. Ni siquiera llevaba a las ovejas a pastar, tarea que había delegado completamente en Isaac. Sólo rezaba y rezaba. Salía por la mañana camino al Monte de la Visión, un tradicional lugar de oración y sacrificio del que no volvía hasta el atardecer, cada día más y más consternado. Se diría que el Señor no daba respuesta a sus plegarias y eso le torturaba.

¿Pero qué pedía Abraham al Señor?

Llegó a casa una hora más tarde y encontró que su padre ya había vuelto. Algo no iba bien. Cuando entró en la cocina encontró a su madre llorando desconsoladamente, mientras su padre recogía los enseres del asno.

- ¿Mamá? ¿Padre? ¿Qué pasa?

Isaac no obtuvo respuesta más allá de los intensos sollozos de su madre. Alzó la vista hacia su padre, pero éste evitaba mirarle a los ojos. Algo no iba bien.

- Padre, ¿a dónde vas?

Abraham, cogió un par de frutas y una hogaza de pan y miró por primera vez a su hijo.

- Isaac, coge un haz de leña y cárgala en el asno. Salimos hacia el monte, debemos celebrar un sacrificio al amanecer.

Al decir esto, su madre profirió un profundo grito de dolor. Isaac se quedó helado en medio de la estancia sin saber qué hacer. Quería consolar a su madre, pero no sabía cómo. Esperaba, deseaba con todas sus fuerzas que el Señor recibiera con agrado el sacrificio de su padre y que les ayudara a superar los problemas que hacían a su madre llorar. Decidió que lo mejor que podía hacer era ayudar a su padre, así que salió corriendo de la casa a recoger leña y se encontró con él en el establo, donde se estaba despidiendo de su madre.

Fue una despedida tierna. Excesivamente tierna tal vez. Su padre abrazó a su madre durante más tiempo de lo normal y retiró después las lágrimas de sus ojos con sus dedos desnudos. La besó tres veces en las mejillas y salió de casa. Isaac simplemente hizo un ademán con la mano a su madre. Ella entró en la casa y el exterior quedó a oscuras.

El viaje duró unas 3 horas hasta la falda del monte. Isaac realizó el camino encima del asno durante casi todo el viaje, mientras su padre caminaba a su lado, mirándole, ora llorando, ora rezando y cantando plegarias al Señor. ¿Qué le ocurría a su padre? Siempre que habían ido a realizar un sacrificio, le había descrito cómo sería el ritual hasta el más mínimo detalle. Le contaba por qué los realizaban y qué esperaban del Señor al hacerlos. Pero lo que más intrigaba a Isaac es que no llevaban ningún carnero. Según la tradición, la familia que realiza el sacrificio ha de utilizar uno de sus carneros para el mismo. Por eso su padre no era amigo de realizar este tipo de ofrendas:

- Los sacrificios en el monte son para gente rica, hijo mío. Espero que el Señor no nos los pida con mucha frecuencia…

El Señor parecía haber pedido un sacrificio, pero ¿dónde estaba el carnero?

Al llegar a la falda del monte, Abraham amarró al asno a un árbol y le dio el haz de leña a Isaac, quedándose él con el cuchillo y la yesca y el pedernal con los que hacer fuego. Era momento de comenzar la ascensión e Isaac estaba cada vez más desconcertado. Su padre continuaba rezando entre sollozos cuando le interrumpió.

- Padre...
- Dime Isaac.
- Padre, yo llevo la leña y tú el cuchillo y el material para hacer fuego… pero ¿qué es lo que vamos a sacrificar? ¿Por qué no hemos traído uno de nuestros carneros?

Abraham permaneció en silencio durante unos segundos. Continuaban ascendiendo por el empinado sendero que conducía a la cima del monte y su respiración se hacía cada vez más pesada. Por fin, Abraham le miró y respondió:

- ¿Te preocupa que no llevemos un carnero al sacrificio, Isaac?

Isaac quedó desconcertado ante la pregunta de su padre, pero contestó con sinceridad.

- Sí, padre, creo que el Señor espera que llevemos uno de nuestros carneros.
-¿Recuerdas, Isaac, como estuvimos a punto de quedarnos sin carneros hace dos años durante el invierno?
- Sí, padre, lo recuerdo.
- En aquellos días tú estabas igual de intranquilo que ahora, ¿lo recuerdas?
- Sí, padre, lo recuerdo.
-¿Y recuerdas qué fue lo que te dije entonces?
- Recuerdo que me dijiste que debía tener fe.
- Exacto hijo, y ¿qué fue lo que ocurrió?
- Que la última de nuestras ovejas quedó embarazada y dio a luz la primavera siguiente a varios corderos.
- Fue el Señor, Isaac, quien nos trajo aquellos pequeños corderos durante aquella primavera para que no muriéramos de hambre. Debes estar tranquilo, hijo mío. El Señor nos dará un cordero para sacrificar cuando lleguemos a la cima del monte.

Isaac se tranquilizó. La mera voz de su padre dirigiéndole más de dos frases seguidas por primera vez en los últimos tres días había sido suficiente para calmar su inquietud. El Señor proveería. No cabía duda. Una hora después se encontraban en la cima del monte. Abraham comenzó a construir un pequeño altar con algunas piedras que encontró por el suelo. Después, desató la leña y la colocó encima del altar, guardando la cuerda para más adelante. Cuando lo tuvo todo dispuesto, se dirigió a Isaac y le dijo: Isaac, ahora debemos dormir hasta que llegue el amanecer. Permaneceremos aquí junto al altar. No temas, pues yo vigilaré nuestras pertenencias. Isaac se echó sobre el suelo e intentó conciliar el sueño pese al frío viento que soplaba en la cima del monte. Trató de no pensar en nada y quedarse dormido. Era extraño, pues aún no habían encontrado ningún carnero. Ninguno. Había que darse prisa en encontrar uno, o de lo contrario llegaría el amanecer y no tendrían nada que sacrificar. Se estaba quedando dormido, pero su cabeza seguía pensando. Muy extraño. Su padre había dejado de llorar. ¿Por qué? ¿Por qué ya no lloraba ni rezaba? desierto -ilustración de nuria fernándezQué silencio más extraño. Y qué frío. ¿Dónde iban a conseguir un carnero allí en el monte? ¿Y su madre? ¿Por qué no había venido su madre?

Sus pensamientos se vieron súbitamente al notar como algo o alguien le levantó del suelo con gran vehemencia. Isaac comenzó a forcejear con ímpetu, pero sus manos y sus piernas estaban atadas. No podía moverse, así que comenzó a gritar pidiendo ayuda, llamando a su padre. Chillaba y chillaba. Gritaba que se lo llevaban, que alguien le ayudara, imploraba a su padre que le ayudara…

Pero no había respuesta.

Fue lanzado boca abajo sobre el altar que su padre había dispuesto para el sacrificio. No podía ver quién le había llevado hasta allí. Lo único que penetraba a través de sus sentidos era el sonido de su corazón latiendo con fuerza y el olor de la madera seca que él mismo había recogido en su casa horas antes. ¿Quién le había puesto allí? ¿Quién le estaba haciendo esto?

Entonces empezó a escuchar los cánticos y de inmediato dejó de gritar.

Era su padre.

Isaac lo comprendió todo. La ausencia de cordero para el sacrificio, el continuo silencio de su padre, los violentos sollozos de su madre al verlos partir. Él, Isaac, era el sacrificio para el Señor. Y su padre debía celebrar ese sacrificio.

Su garganta estaba bloqueada, al igual que el resto de su cuerpo. Su mente no progresaba, no podía encadenar pensamientos. Lo único que ahora poblaba su mente eran imágenes de su padre y él llevando el rebaño por los campos de Hebrón. En esas imágenes, la figura de su padre aparecía difuminada, borrosa, siempre lejana. Era un punto en la lejanía que apenas significaba nada dentro de la imagen, pero que sin embargo llenaba de sentido la escena. Cuando Isaac se concentró en él, en ese punto lejano, cuando en sus recuerdos caminó hacia su padre por última vez, fue recibido con un abrazo. Eso le tranquilizó. Isaac dejó, por fin, de luchar.

Escuchó perfectamente cómo su padre desenvainaba el cuchillo. Sería cuestión de unos segundos. Quedaba poco ya para llegar. Quedaba poco.

El olor a fuego le despertó. Era olor a madera quemada. Y carne, también olía a carne quemada. Se tapó la nariz con el puño de su camisa para intentar rebajar la intensidad del olor y se dio la vuelta.

Y de pronto, recordó.

Isaac abrió rápidamente los ojos y se levantó del suelo de un salto. La intensa luz hizo que los cerrara de nuevo. ¿Dónde estaba? Intentó decir algo, pero su garganta no se lo permitió. Lo intentó de nuevo y lo único que logró fue gritar. Un grito lleno de angustia.

- Hijo, por fin has despertado – respondió su padre.

Isaac volvió a abrir los ojos y tras varios segundos vio, difuminada, borrosa, la imagen de su padre junto al altar.

Isaac dejó de gritar, tranquilo. Caminó hacia ese punto en la lejanía que llenaba de sentido la escena y fue recibido con un abrazo.

José Manuel Nistal

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El engaño
por José Manuel Nistal

-¿Por qué has venido a mí?
- Don Alfredo, verá, necesito… necesito salir de aquí – estaba visiblemente nervioso.
-¿Salir de aquí?
- Sí, verá… bueno, usted sabe lo que le ocurrió a mi mujer, ¿no es así?
- Sí, claro… Sabela se llamaba, ¿verdad? – Don Alfredo cogió un puro, mordió su punta redondeada y tras encendérselo, prosiguió - Fue algo muy trágico, muy… truculento. Y ya sabes cómo circulan este tipo de historias en el pueblo, Fran. Dicen que le dispararon delante de tu hijo…
-Sí, bueno, precisamente es eso. Necesito sacar al chico de aquí, Don Alfredo y he venido… - Fran titubeó -  He venido a pedirle ayuda.

Don Alfredo guardó unos segundos de silencio y después comenzó a reír. Tranquilo al principio, y después lanzando sonoras carcajadas.

-¿Os lo podéis creer? – se burló mirando al resto de la gente en la habitación - El mismísimo hijo de Manuel Carballo está pidiéndome a mí, Alfredo Cordero, que le saque de aquí – volvió a estallar en una carcajada burlona y soberbia – ¿y a dónde quieres ir, hijo?
- Don Alfredo, entiendo que esto le resulte extraño…
-¿Extraño? – Don Alfredo, de pronto recobró la seriedad - ¿Extraño dices? ¿El hijo del mayor narcotraficante del sur de Pontevedra me está pidiendo a mí que le saque del país y sólo debe parecerme extraño? Francisco, hijo, sabes quién soy yo, ¿no es así?
- Sí, don Alfredo, precisamente por eso…
-Maldita sea, Francisco – Don Alfredo clavó un puño en la mesa de roble de su despacho – ¡Tu padre y yo llevamos luchando por las mismas plazas durante años!
- Don Alfredo…
-¿Cómo, dime, cómo esperas que crea que estás aquí para que te ayude? ¿Cómo eres capaz de venir a mi casa a mentirme en la cara?

Fran se levantó, rojo de ira y gritó:

- ¡¡¡Fue mi padre quien mató a Sabela!!!

alba acostaApuró el vino y notó de inmediato la aspereza en su garganta seguida de sequedad en su paladar. El ambiente era insoportable.

- Este olor me va a hacer vomitar.
-¿Qué dices? – gritó su acompañante.

Fran pensó que si repetía la misma frase otra vez, en efecto, vomitaría. Alzó la vista buscando a la camarera e hizo un signo para pedir dos vasos de vino más. Cogió fuerzas y respondió tardío:

- Digo que este olor me va a hacer vomitar. Todo el ambiente es repugnante; bajo estas lonas, entre el sudor de la gente y la cocina soltando vapor sin parar, se me está pegando la ropa al cuerpo.

Sobre sus cabezas, las grandes lonas blancas del puesto de la feria, condensaban el vapor del que hablaba Fran y lo precipitaban de nuevo hacia la gente en forma de pesadas gotas. El lugar estaba repleto de gente y el ruido era ensordecedor. En efecto, el ambiente era repugnante.

Su acompañante, sin embargo, no prestaba atención a nada de eso. Estaba observando al grupo que se sentaba a su lado en la larga mesa de madera en la que ellos dos se encontraban. Era un grupo de 4 ó 5 parejas de unos 50 años de edad que cantaban canciones en gallego mientras brindaban violentamente con sus copas llenas de vino.

- Mira a estos gordos palurdos – espetó el acompañante de Fran – se les nota a kilómetros que son de aquí. Mira, se les están poniendo las caras moradas de tanto beber. Qué asco.

Mientras decía esto, la camarera había rellenado sus vasos con más vino y el acompañante de Fran aprovechó la circunstancia para interrumpir su conversación:

- Dejemos de parlotear. Paga. Es la hora.
-¿Dónde está? – preguntó Fran, visiblemente afectado por aquellas palabras.
- A punto de salir de la iglesia.

Fran dejó un billete en la mesa y se levantó. Mientras se marchaban, intentaba repasar mentalmente cómo había llegado a aquella situación. Todo había salido mal. Él no era un asesino. No, no lo era.

- ¿Lo recuerdas?
-¿Cómo? – Fran despertó de su ensoñación lentamente, embobado por el vino.

Su acompañante paró en seco y le agarró de la camisa, acercando su cara a la suya. Su aliento golpeaba en la cara de Fran a cada palabra.

- ¡Maldita sea, imbécil! Como nos jodas estás muerto, ¿me oyes? ¡Muerto!
- Lo siento. Yo… - titubeó Fran
- Escúchame, no lo voy a volver a repetir. Tú quieres que tu hijo estén bien, ¿verdad?
- Quieres que crezca lejos de toda esta mierda, ¿no es así? Dos balas en la cabeza del primer gigante de la procesión. Eso es todo lo que te costará. Pero como nos jodas, amigo, como nos jodas…
- No os voy a joder, tranquilo, no voy a hacer nada raro. Dos disparos y voy corriendo hasta la entrada de la feria. Allí me recoge vuestro coche. Hemos medido los tiempos, conozco el camino, estoy preparado.
- Más te vale, amigo. Más te vale.

El acompañante de Fran le soltó y se dio la vuelta, perdiéndose entre la multitud.

La orquesta empezó a sonar.

Las puertas de la iglesia se abrieron y por ella comenzaron a salir las figuras de gigantes y cabezudos que tanto le aterraban de niño. La muchedumbre comenzó a agolparse alrededor de la plaza mayor para ver el desfile. No quedaba mucho tiempo.

Mientras tanto, los remordimientos volvieron a él. ¿Y si se marchaba? ¿Y si le explicaba a don Alfredo que no había sido capaz, que buscaría otra manera? Pero no, su hijo se había quedado allí con la gente de Alfredo.  No. Podrían hacer cualquier cosa con él. Cualquier cosa.

Comprobó que la pistola seguía en su sitio. Tragó aire, y comenzó a abrirse paso entre la gente. Se mezclaba entre los cuerpos sudorosos de la gente, la humedad y el alcohol formaban una atmósfera desagradablemente densa. Su corazón latía con tanta fuerza que le costaba escuchar la música de la orquesta. Siguió apartando una persona tras otra, hasta que llegó a la primera fila. Una vez allí, se detuvo, miró el reloj y el camino por el que debía huir y se santiguó.

Una vez, sólo mataría una vez. Por su hijo.

Allí estaban, la cabeza de la procesión estaba a escasos metros de él y en primer lugar, tal y como le habían explicado, un gigante con camisa amarilla avanzaba torpe y lento. No sabía quién era y no le importaba. Sólo tenía que disparar y podrían huir.

Fran saltó de entre la multitud y se interpuso en el camino de la procesión. La banda seguía tocando, pero él sólo escuchaba el retumbar de su corazón. Sus sienes, su pecho, su cuello, parecía que todo él iba a estallar de tanta tensión. Sacó el arma y apuntó al pecho del gigante. Éste paró en seco.

Justo antes de disparar, Fran escuchó un grito.

- ¡Papá!

José Manuel Nistal

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La chica del metro
por Mónica Ventosa

dibujo de nuria fernández

Tengo el hábito, a parte de llegar siempre tarde al trabajo, de hacerlo en tranchas de diez minutos. Es decir, partiendo de la hora exacta a la que tendría que llegar, a partir de ahí entro a menos veinte en punto, menos diez, las nueve, nueve y diez…

En función de mi hora de llegada, es curioso ver cómo la misma gente va apareciendo también metódicamente tarde.  Y la gente que se mueve por el metro, también cambia, claro. Solo que ésta, parece más puntual que yo. No tengo que mirar el reloj para saber qué hora es: el señor de menos diez, la mujer con niños de las nueve…

Pero me llama especialmente la atención una chica que veo cuando llevo el retraso de la media hora. No se si es el agobio el que me hace estar especialmente atenta a cualquier detalle, o  es ella en sí, o las dos cosas.

Tal retraso responde a un haberme quedado dormida, normalmente por una buena juerguecilla nocturna. Ese despertar azarado que no te deja tiempo ni parapasarte un mal cepillo por el pelo, por no hablar de otros secretos inconfesables que permiten que lo que normalmente se hace en media hora se realice en cinco minutos.

En fin, mi chica siempre está pasmada cuando yo llego, corriendo, como si me estuviese esperando, mientras yo trato de apurar hasta el último minuto que pueda sacar como si se tratase de una cuestión vida o muerte. Siempre levanta la mirada del suelo para echarme un vistazo ante mis jadeos de cansancio.  Adivino que siempre está a la misma hora todos los días. No es de esa gente impresentable que llega tardísimo al trabajo.

Como ella siempre está pegadita a la vía, esperando la llegada del tren y poder introducirse en el vagón lo antes posible, me permito, desde dos metros mas lejos echarle un vistacito femenino. atardecer -ilustración de N.FSu pelo está impolutamente peinado, teñido y alisado con el secador. Debe levantarse horas antes para llevarlo tan impecable. “A ver si se me pega algo”, me digo a mis misma no pudiendo más que hacerme reproches por mi informalidad.

Cuanto más la observo, más veo una oda a la feminidad más absoluta.

Intento no pasarme mucho, no sea que se percate y su maquillaje impecable se cruce con mi cara lavada.

De la mano prende una bolsita de esas que llevan la comida preparada a la oficina. Y es de suponer que una chica así se ha levantado muy temprano, y además de hacerse el tocado, pintorrejearse a la perfección, se ha organizado para hacerse la comida que llevará perfectamente preparada en un “tupper,” con sus servilletas y postre.

No hace falta acercarse mucho a ella para sentir lo bien que huele a agua de colonia suave y de su ropas se desprende un olor a limpio y bien planchado.

Una chica así nunca llega tarde, no se va de cachondeo la noche anterior a trabajar. Y si lo hace, no se duerme. Se presentaría a su cita laboral sin despeinársele un solo pelo, sin dejar de hacerse su sana ensalada acompañada de una fruta y un yogurt. Y yo comiendo un bocadillo con un botellín en cualquier cafetería.

Mi jefe se moriría por tenerla de secretaria. Solo con verla. Y yo la odio, la tiraría por la vía del tren, por ser tan divina y perfecta. No se si percata desprecio alguno en mi mirada ya que en el fondo, contemplarla es como mirar a un ángel, un regalo resplandeciente en el metro por las mañanas.

Es curioso, pero dejé de odiarla años atrás, cuando yo misma me encontré en el andén esperando el metro, puntual, con mi bolsita con la comida y mi pelo peinado. Tal vez ella también me mirase de reojo, como yo miro con envidia a los que parece no importarles demasiado la hora.  

Monica Ventosa  

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Un hombre sin destino
por Pablo Ramos

"cuerdas" ilustración de nuria fernández

En la extraña noche, testigo mudo de sueños rotos, las almas pálidas bailan desorientadas en la trastienda de una pastelería de escaparates vacíos.

Ellos, asustados por el indescifrable misterio del Tiempo, son dirigidos por el Azar mientras la música configura un destino glaseado con zumo dionisiaco, guiando unos pasos equivocados.

Desde el Tejado, un espíritu plateado testigo de muchas vidas, vagabundea en su sueño encantado sometido a un cruel hechizo que doblega su voluntad. Contoneándose con ellos al compás de un siniestro poder, en el borde de un oscuro precipicio, se siente impotente para salvar el hermoso trabajo pintado por el Creador.

Entonces algo se mueve en la tenue oscuridad de la sala, un movimiento sin nombre guiado por el deseo de una niña disfrazada de ángel con los pies descalzos, un pensamiento hambriento que atraviesa bosques y montañas para iluminar una caverna sin Luna, donde laten antiguos deseos atascados en un río de azúcar.

Ahora Él, desprovisto de la negra venda de lunares blancos que guardaba su falsa identidad, cambia el paso deseoso de asumir el trabajo de rescatar a los danzantes con los ojos vendados.

Pero ellos, Figurantes de una mala película, continúan una trama mil veces representada en el escenario del Mundo, un guión escrito por el Ego. Pasteles de hojaldre y nata que engordan la Ignorancia. Ellos, aceptan resignados su papel de figurantes y repudian el legado de nuestros antepasados enterrados: su comienzo perdido, su motivo y sus tramas ocultas.

Él, les enseña las cadenas rotas, les enseña el yugo impuesto por su carné de identidad, por el dinero de plástico, por todo lo que sostiene su falsa identidad.

Ellos escuchan.

Esa misma noche, lejos de allí, en un cuento escrito en una lengua no recordada, unas pisadas en un bosque nevado son signos de un ser más amplio. Una niña descalza con alas de ángel susurra las palabras que los demás no entienden.  

Pablo Ramos

"su selva" pintura de Nuria Fernández

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Relato de un día cualquiera
por Pablo Ramos

 

Ahora me siento cansado, pero tengo que escribir y se acabó. Desarrollar un tema, buscar palabras, organizar una historia. Tus fantasías, tus emociones, son un gran océano al que tienes que arrebatarle pequeños trozos de tierra, que probablemente se inundarán de nuevo. rojo y azulUn océano así es grandioso y elemental, pero lo importante son los pequeños trozos de tierra que consigas conquistar. No pierdas de vista la tierra firme. ¡Y ahora, a trabajar!

Es una mañana templada, de cielo despejado, luminosa, y resulta agradable asomarse por la ventana, respirar hondo y quedarse suspendido en el silencio que nace de la ciudad en domingo.

Si, es domingo. Y como no sé escribir poesía y dedicar unos dulces sonetos al día que amanece, cierro la ventana y abro el armario que guarda la escoba y la fregona. Si compañeros, esta mañana toca limpieza.

Limpiar la casa es una tarea aburrida, pero necesaria. Y las cosas necesarias tales como el cobijo, el alimento y la limpieza, una vez aseguradas, nos preparan para afrontar los auténticos problemas de la vida.

Por ese motivo, cojo la escoba con entusiasmo, y me entrego con todas mi energías a borrar el polvo que se esconde en los rincones de la casa, como si fuera palabras erradas en una tarea sin terminar. ¿Dónde acabará el polvo?, me pregunto. Tal vez exista un ciclo del polvo, un proceso de circulación entre los distintos compartimentos del cielo y la tierra, donde el polvo se traslada de un lugar a otro hasta cerrar el ciclo.

Esta es una idea estúpida. Pero me distrae mientras termino de pasar la fregona por la cocina. Ahora sólo me queda poner una lavadora, planchar y limpiar el baño. Cada vez estoy más cerca de la libertad.

Al otro lado de la ventana, debajo del cielo azul, las campanas despiertan a los noctámbulos, a los que se acuestan con la Luna. ¡Campanas que nos recuerdas a los apóstoles!

Como no soy católico, puedo prescindir de ir a Misa y seguir planchando, pero me pregunto si la liturgia que se despliega en La Misa es una cosa necesaria como el cobijo, el alimento y la limpieza. Una vaga intuición que aparece en medio de mi cabeza, se va intensificando, hasta que de pronto me sobreviene la certeza de que hay algo en la liturgia de La Misa que es necesario.

¿Y por qué hay tanto polvo en las iglesias entonces?

Termino de planchar y empiezo a limpiar el baño con esta pregunta bailando en mi cabeza. Echo un poco de Don Limpio en un cubo con agua y empiezo a fregar el plato de la ducha. Los vapores del líquido limpiador entran por mi nariz como gases alucinógenos de un manantial sagrado y se apodera de mi una visión.

Es un lugar bajo tierra, un almacén subterráneo. En las paredes hay botellas rellenas de aire, aire matutino. Aquí se amontonan todas las botellas que no quieren beber los hombres, y que luego se venden en beneficio de los que han perdido su billete de suscripción para el tiempo matutino de este mundo. Una de estas botellas es mía, pero no la encuentro.

Antes de que pueda recorrer todo el almacén estoy de vuelta en el baño de mi casa. Los azulejos están relucientes. Ya está, he terminado.  

Pablo Ramos

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Antihéroe
por Paloma Ríos

 

"estrellas" dibujo de nuria fernándezOtra vez el despertador. Anoche me dejé la persiana subida y el sol me hiere en los ojos. Me levanto cansado, despacio, el pelo revuelto. La ropa arrugada. Otra vez me he acostado vestido. Llegué tan tarde... Pero es que hay algo que me dice que lo tengo, que lo tengo delante y no lo veo.

Por eso me paseé por el lugar del crimen otra vez. De noche. De día ya han ido esos perros rastreadores que son la policía. Lo pisan todo, lo destrozan todo, con esa apariencia de eficacia.

No me queda café. La leche está cortada, otra vez la dejé fuera de la nevera. Enciendo un cigarro, miro un rato un periódico atrasado y decido bajar al bar a por un café.

Hay que ponerse en marcha pronto, éstos ya estarán levantados, aseaditos, con la camisa con la raya en la manga bien planchada y el escudo bordado en el pecho.

Ellos van en horas de oficina. Y si me apuras, a preguntar  al domicilio de la víctima por la tarde. Por la noche, a cenar calentito, a dormir con pijama. Me estrujo la cabeza en el bar. Hay algo que he visto anoche y no consigo recordar, pero lo veo de noche.

La hermana de la mujer muerta me mira con desconfianza por la mirilla y se niega a abrirme. Dice que ya ha hablado con la policía. Con la policía...

Si al final, mucho revuelo, pero todo lo acaban archivando, pasa una semana, dos, no se vuelve a hablar de ello en el pueblo, y se olvidan.

Me atuso un poco el pelo e intento estirarme la chaqueta arrugada, enderezo la corbata torcida...

La mujer no me abre. Tendré que salir otra vez en la noche.

Paloma Ríos

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Títeres
por Paloma Ríos

"bosque" dibujo de nuria fernández

El guardia civil se lleva la mano levemente a la frente, tocando el tricornio en su saludo.

La muchacha con la que se cruza pasa por allí todas las tardes. Lleva apoyado en la cintura un cesto con ropa para lavar en el río. Todas las tardes en el mismo recodo, donde se embalsa, al lado de la piedra plana, se arrodilla y comienza su labor.

El guardia civil la observa de reojo, el recodo lo permite.

No ha hablado nunca con ella. Ella baja tímidamente la cabeza cuando se cruzan. Eso es todo.

Pero ésa tarde todo parece preparado. El sol, el río, no hace demasiado frío.

La muchacha viene arremangada y diríase que con paso más elástico.

“¿Cómo has llegado hasta aquí?” pregunta, interponiéndose entre ella y el camino, el guardia.

“¿Y tú? ¿cómo has llegado tú?” responde ella.

El guardia mira hacia arriba un poco, no del todo, y responde: “en una caja”.

Y ella, mirando el cesto de la ropa, le dice a su vez: “yo estaba aquí antes, el niño movía los hilos, y al pastor que venía conmigo se le enredaron todos. El niño ya no lo quiso más, y por eso viniste tú, en la caja.”

Paloma Ríos

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Río Subterráneo
por Paloma Ríos

"Musical" ilustración de nuria fernández

De pequeña estudiaba los ríos y me llamaba la atención descubrir cual era más largo. El más caudaloso. El que más metros medía de orilla a orilla. Pero el que más me atraía cuando lo estudié fue el río subterráneo, pero no el que no sale nunca a la superficie, sino el caprichoso, el que aparece y desaparece en sus distintos tramos. Era hermoso pensar que, debajo de mis pies, podía haber un río que en ése tramo se escondía, que no quería salir, para, metros o kilómetros después, jugando, humedecer la tierra poco a poco y brotar. O detrás de una roca o en una fuente, surgir con fuerza.

Eso fue antes de saber que Cristina era un río así.

Cuando brotaba alegre, con más o menos agua, con su sonido de río, susurrante o en cascada, yo me sentía feliz. Allí estaba Cristina.

Nunca previsible, dejaba de verla unos días y ya no la encontraba. Recorría el lugar por el que suponía que debía seguir su rumbo, y no estaba.

Cada vez que se hundía en las profundidades, yo sentía la sequedad del terreno en mi corazón.

Y Cristina no era un río que viniera en los libros.

Yo nunca sabía si volvería a la superficie.

Paloma Ríos

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La Sombra
por Pilar Fernández

aguada nocturna

Comencé a sentir un cansancio pesado, plomizo, demoledor. Era mi tercera noche en vela.

La pequeña lamparilla de aceite sobre la mesilla iluminaba tenuemente la habitación, impidiendo que la oscuridad lo cubriera todo y, con ella, yo recuperase esas fuerzas que empezaban a escasearme.

Juan dormitaba en la cama. Sus ojos permanecían completamente cerrados. Sólo la agitación de su cuerpo volteando a uno y otro lado indicaba que su sueño no era tan profundo como podría parecer a simple vista.

Con un esfuerzo que presentí pudiera ser el último, lo acompañé en sus giros sobre el colchón.

Afortunadamente sólo fueron unos pocos minutos. Los justos para que su respiración se acompasara y yo pudiera dejar de moverme a su lado.            

“¿Por qué?” -pensé-; “¿por qué tuvo que contarle Tomás aquella historia de seres extraordinarios que se acercaban en plena noche, cuando la oscuridad era absoluta, para robar almas y llevárselas a lo más profundo del bosque donde, al salir la luna, podían oírse terribles aullidos?”.

Todo eso no eran más que fábulas que entretenían a los viejos y atemorizaban a los niños en las largas tardes de invierno cuando lo único que había que hacer en el pueblo era esperar a que llegara la hora de la cena. En lo profundo del bosque no había más que sombras; sombras quietas, desocupadas, tranquilas... Y los gritos no eran más que los quejidos de esas sombras cuando un haz de luna se colaba entre la espesura de los árboles obligándolas a salir de su letargo.

Pero eso Juan no lo sabía. Apenas tenía ocho años y la historia le sobrecogió lo suficiente como para que, desde hacía tres días, fuera imposible que consintiera en irse a dormir si no se dejaba una luz encendida.

Y eso estaba acabando conmigo. No tenía un instante de reposo, de tranquilidad. La oscuridad en la que me refugiaba ya no existía y yo empezaba a menguar imperceptible aunque inevitablemente.

Lo miré un instante. Una de sus manos se había aproximado a la lamparilla. Rogué porque esa mano golpeara la vela y la hiciera caer sobre el pavimento de piedra. Quedaba poco aceite. Si caía y se derramaba apenas podría permanecer encendida unos segundos. No había peligro alguno, el suelo no ardería y yo podría, al fin, descansar un poco.

Sin embargo, la mano se retiró volviendo a su lugar sobre las sábanas y con ella se esfumó también mi última oportunidad.

***

Un rayo de sol se coló por las contraventanas entreabiertas. Amanecía. Juan parpadeó y terminó por abrir los ojos. Estiró los brazos desperezándose. Cogió la lamparilla y sopló con fuerza para apagarla. Pero ya no había remedio. Yo apenas era una línea grisácea incapaz de seguir sus movimientos. En pocos segundos Juan dejaría de tener sombra.

Pilar Fernández

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